¿Qué vamos a hacer esta noche? Tratar de salvar al mundo

Alguien diseñó la vestimenta de la hostess como si no hubiera un movimiento de #Metoo y Time’s Up, ya sabes, espalda descubierta, microfalda, blusa súper pegada. Tú mismo te sentías bien vestido antes de bajar las escaleras para entrar al Mochomos. Nada más pasas la puerta y ves que todos traen encima miles de dólares en sacos y camisas con monograma. Y en sus mesas hay carne, mucha carne. El ambiente es como anuncio noventero de Bacardí, todos están contentos. ¡Cuánta abundancia!

Ves la carta y te sale lo hippie (o lo resentido, según quien esté contando la historia). En un solo plato hay 350 gramos de carne. Para producirlos, dice el hippie que googleó, se necesitaron 5,197 litros de agua, 5 kilos de granos, como tres litros de gasolina. En fin, que cada vez que pides un rib eye, en tu mesa hay un desastre ecológico.

La carne de res es la peor con el ambiente. Lees en un artículo de The Guardian que la producción de carne roja necesita 28 veces más tierra que la carne de cerdo o de pollo. Y cuando necesitas tierra, agua, granos, estás desplazando a las tiernas ardillitas silvestres, las imponentes águilas y los cóndores mexicanos. No sé por qué sigues leyendo The Guardian en medio de ese ambiente tan seductor del Mochomos, pero así eres tú: Te enteras que si comiéramos menos carne reduciríamos el daño al ambiente más que si dejáramos de usar nuestras camionetas.

Jaguar mexicano.
Jaguar en M´éxico, foto cortesía de Gerardo Ceballos.

Ya te dio algo, quieres saber qué hacer. Prometes que en cuanto te acabes tu rib eye, encontrarás mejores formas de consumir. OK. Vas. Puedes escuchar a Gerardo Ceballos, uno de los investigadores mexicanos que más luchan para evitar la aniquilación de especies de animales. Lo entrevistamos en el podcast #DeOtroModo, porque a ti te urge saber cómo salvar a los jaguares, los perros de la pradera y los osos.

Otra de las riquezas que comparten México y Estados Unidos
Ardillón de roca, foto de Miguel Ángel Sicilia, gracias a Conabio.

¿Te quieres preocupar más? En un siglo, los humanos hemos extinguido tantas especies como las que se habrían extinguido en 10,000 años. Tenemos 20 años para detener y revertir las extinciones de animales. Si no lo logramos, ya estamos perdidos. No es solo salvar una especie y tener una muestra en un zoológico. De nada le sirve a Chiapas que si se le acaban su jaguares, los siga habiendo en otra parte, porque esos animales son parte importante de su equilibrio. Hay que salvar poblaciones de animales. Lo malo es que 33% de los animales vertebrados están perdiendo poblaciones, según nos contó Ceballos.

Canis lupus baileyi
Un lobo mexicano, foto de Miguel Ángel Sicilia Manzo, gracias a Conabio.

Ceballos arrancó la iniciativa Stop Extinction para mantener la biodiversidad en el planeta. Si en 20 años no hacemos algo, podemos enfrentar un colapso de la civilización. Así como lo oyes. Tú puedes decidir si sigues con las fuerzas del oscurantismo, esas que diseñan los uniformes de las hostess en el Mochomos, se burlan de los ecologistas y comen diario sus 350 gramos de carne, o te unes a salvar al mundo. Empieza oyendo esto:

 

El amigo de nuestros amigos los murciélagos

El chavo va al gimnasio el viernes y estrena camisa el sábado para ir al antro. El pavo real extiende su abanico con los dibujos de múltiples ojos de brillos azul verde. El macho de la planta del agave está casi listo para reproducirse sexualmente, prepara su quiote, una torre de 10 metros de altura, con flores barrocas y retorcidas que le sirven para atraer a los murciélagos, los que, a su vez, llevarán el polen a las plantas hembras y así asegurarán que salgan semillas y frutos. Cuando el agave está a punto de empezar esa danza sexual, llega el jimador y lo corta. El quiote consume demasiada azúcar, dejar que salga disminuye la capacidad de la planta de producir alcohol para el mezcal o el tequila.

El murciélago tendrá que encontrar el néctar en otra parte. Los tequileros de todos modos tienen plantas nuevas, toman los hijuelos que salen en la base del agave y los transplantan. En todo este proceso, hay una razón económica: Esperar siete u ocho años a que madure un agave y dejar que use el azúcar para producir el quiote es muy costoso. Imagínense lo que vale dedicar el terreno a eso durante tanto tiempo. Pero este proceso genera un problema ecológico, que terminará por convertirse en un enredo económico. Los hijuelos son genéticamente idénticos a la planta de donde salieron. Cuando aparece una enfermedad del agave, es más fácil que se contagien todas las plantas, porque todas tienen las mismas características. Si nacieran de semillas, por la polinización natural, serían más diversas y eso las haría más resistentes: la enfermedad no se contagiaría tan fácilmente.

Cada siete u ocho años hay una nueva plaga que amenaza la producción de tequila, porque mata a cientos de plantas de agave. Y además, la falta de flores de agave pone en riesgo la alimentación y la vida de los murciélagos. Este enredo tiene solución y la ha propuesto Rodrigo Medellín, un científico conocido como el Batman mexicano desde México hasta Londres, pasando por Nueva York y Guadalajara.

Foto de Amy Cooper de Rodrigo Medellín, el Barman mexicano
Rodrigo Medellín, el Batman mexicano, con un magueyero menor o Leptonycteris yerbabuenae. Foto de Amy Cooper

Esta es su propuesta: Dejar que algunos agaves florezcan, para que se dé la polinización mediante esos mamíferos nocturnos y peluditos (es que ya no quiero repetir la palabra murciélagos). La polinización es un seguro de vida para el futuro de los agaves, porque permitirá mantener la diversidad genética. De acuerdo con Medellín, basta que los productores de mezcal y tequila dejen que 5% de sus plantas den flores, para mantener viva la población de murciélagos y para comprar ese seguro de vida de las plantaciones agaveras. Los productores que lo hacen obtienen el sello Bat Friendly, promovido por el Tequila interchange Project y otorgado por la UNAM.

Ya hay cinco productores de tequila y dos de mezcal que han obtenido el sello Bat friendly. Faltan más científicos en el campo que verifiquen se haga lo correcto a favor de los Leptonycteris yerbabuenae (¿Ah, verdad?). Por lo pronto, ya hay una reserva de semillas obtenidas en 2014 que permitirá reproducir los agaves de manera sexual y no solo con hijuelos. Los resultados sobre el tequila podrán verse en 2020, cuando maduren las plantas de esa generación.

Los esfuerzos de los productores Bat Friendly, y otras iniciativas, ya sirvieron para salvar de la extinción a esta especie de murciélagos. En los años 90 había menos de 1,000; ahora se estima que hay más de 200,000 individuos de esta especie. En México se sacó al murciélago magueyero menor de la lista de especies en peligro en 2013, en Estados Unidos lo hicieron en 2018

Los murciélagos son nuestros amigos, por muchas otras razones, además de la polinización del agave tequilero. El Batman mexicano habló con Oso Osegura y conmigo, Roberto Morán, en el podcast De Otro Modo, para explicar de qué otras formas son útiles los únicos mamíferos capaces de volar. Un avance: los murciélagos son más eficientes que los pájaros para dispersar las semillas. Se las comen y luego las defecan mientras vuelan, dejándolas caer en campo abierto. En cambio, los pájaros comen las semillas y solo tiran su excreta cuando están en una percha, por lo que las semillas caen bajo los árboles, con menos oportunidades de desarrollarse. ¿Han oído aquello de que la mejor semilla es la que crece lejos del árbol que la originó? Parece que es verdad. 

Qué suerte tienen algunos, que sí encuentran alguien que se fije en el quiote, en las plumas… o en la camisa nueva.

Escuchen aquí al Batman mexicano.

Es que soy muy malo para manejar el dinero

No le vayan a decir a nadie, nada más se lo cuento a ustedes… ¡Soy malísimo para jugar futbol!

Me gusta correr, me puedo enfrentar a otro para quitarle la pelota, más o menos tengo puntería pero… ¿Ya les pedí que no le cuenten a nadie?  No me sé las reglas del juego. Así que siempre me ha dado miedo ganar la pelota y que alguien grite que estoy en fuera de lugar, o sacar el balón de la cancha porque no sé qué debo hacer para regresarlo. ¿Debo agarrarlo con las dos manos y aventarlo? ¿O dejar que sea el otro jugador? ¿Quién la sacó? ¿él o yo?

¿Cuándo se hace un tiro de esquina? ¿por qué se da un tiro de castigo?

Como nunca me supe las reglas y no me atreví a preguntar, nunca practiqué el futbol. Y eso se convirtió en un círculo vicioso. Me encantaría convivir con los cuates, como cualquier persona normal, pero ya les digo, no sé por qué todos de repente gritan “¡falta!”. Y por la falta de práctica, cuando tengo un balón frente a mí, tiro el patadón y logro un avance de exactamente catorce centímetros.

Con esa historia de que no sé jugar me he pasado toda la vida. Sufro en los mundiales de futbol, cuando todos mis amigos son directores técnicos y piden penaltíes o declaran que el abanderado está ciego. Puedo vivir con eso. Le doy un trago a mi cerveza y me consuelo pensando que, de todos modos, el árbitro no los oye, al otro lado de la pantalla de la televisión.

Sé de mucha gente que declara muy contenta que no sabe manejar el dinero y entonces deja de intentar las cosas. Como no sabe manejar el dinero y no entiende eso del ahorro, pues sigue gastando en tonterías. Como no saben manejar el dinero, ni se les ocurre preguntar por las inversiones. “Ay no, eso de sacar la raíz cuadrada de la hipotenusa del rendimiento neto no es para mí”, exclaman, y dejan su dinero dormido en una cuenta de banco.  Como no saben manejar el dinero, aceptan el crédito que sea y terminan pagando de intereses por unos zapatos como si hubieran comprado medio Tiffany.

Como no saben manejar el dinero, dejan que los demás los manejen a ellos, para llegar a los 30 o los 40 años quejándose de lo malo que es el mundo y de cómo el capitalismo los explotó de manera espantosa.

A ver, nadie está diciendo que no exista la desigualdad y que el que trabaja mucho se convierte en millonario. Pero sí que muchos dejan, o dejamos, pasar oportunidades o vivimos en peores condiciones de las que podríamos por no aprender un poco más sobre la forma correcta de manejar nuestros recursos. Por ahí leí que lo bueno de ser víctima es que uno nunca tiene que cambiar. Y cuando uno dice que no sabe y que siempre será malo, entonces puede culpar al capitalismo, al mundo, a Dios padre, a su padre, de tener una deudota en la tarjeta de crédito o no tener pensión o no poder pagar las medicinas.

Consejos de finanzas personales, podcast, Sofía Macías, pequeño cerdo capitalista
Sofía Macías, autora del Pequeño Cerdo Capitalista, platica cómo arreglar tu relajito financiero.

Por eso está bien padre platicar con Sofía Macías, la autora del Pequeño cerdo capitalista. Es un libro, pero también un sitio, un método, un sistema para aprender a arreglar el relajito financiero. Ella no anda por ahí prometiendo riqueza fácil. Lo que hace es dar herramientas para que uno pueda ser más responsable con su vida.

Si yo me atreviera a preguntar qué es eso del tiro de esquina y cómo debo pararme (y cómo debo protegerme) en un tiro de castigo, podría practicar un poco más de futbol y aprender, en la medida de mis posibilidades. La intención no sería convertirme en Ronaldo o en Salah, pero sí divertirme y convivir un poco más. Lo mismo pasa con el manejo del dinero. Hay que atreverse a preguntar. Y lo bueno es que Sofía está dispuesta a ayudar.

Con ella estrenamos el Oso Oseguera y yo, el podcast De otro modo. Menciono al Oso porque él también conduce el podcast, pero el día que grabamos, se le cuatrapeó la agenda y llegó justo en el momento en que la productora nos dijo que ya habíamos terminado de grabar. No se lo pierdan en el siguiente episodio.

Por lo pronto, aquí los dejo con el primer y sensacional episodio de De otro modo, con Sofía Macías.

¿Cómo se vería la historia en un CV?

Pasa de la media noche. El hombre más poderoso de Rusia, el regente Biron, totalmente desnudo, trata de esconderse abajo de la cama. El coronel Hermann von Manstein y un grupo de soldados irrumpieron en su cuarto para arrestarlo por órdenes del mariscal de campo del ejército. Cuando von Manstein salta sobre él, Biron logra levantarse y empieza a tirar golpes a diestra y siniestra, que los soldados detienen con las culatas de sus armas.

Minutos antes, von Manstein y sus secuaces estaban perdidos en la oscuridad de los pasillos del Palacio de Verano de San Petersburgo. Lo más silenciosos que podían, pasaban junto a los sirvientes sin poderles preguntar: “disculpe, ¿dónde están los aposentos del regente? Es que nos mandaron a dar un golpe porque los papás del zar no están de acuerdo con que Biron gobierne”.

Por fin, von Manstein se topó con una puerta corrediza, la rompió y encontró al duque de Courland, Ernst Biron, dormido a pierna suelta, al lado de su esposa. Tan dormido estaba que su reacción fue tratar de meterse debajo de la cama.

Horas antes, Biron había cenado, como todas las noches de su regencia, con el mariscal de campo Christoph von Münnich. Ellos dos, más Andrey Osterman, fueron los hombres más poderosos durante los diez años del reinado de la recién fallecida Anna Ivanovna. ¿Cómo es que von Münnich, quien se despidió de Biron a las 11 de la noche, mandó arrestarlo horas después? Tal vez la historia se vería así en un curriculum.

Ernst Biron, duque de Courland y Conde del Sacro Imperio Romano. CV. 

1740. Regente de Rusia. Encargado del gobierno del Imperio Ruso, mientras alcanza la mayoría de edad el heredero Iván VI, entonces solo un bebé de semanas de nacido. Llegó a regente rogándole de rodillas a la zarina Anna que lo nombrara. Solo así podría defenderse de todos los enemigos que se había forjado en su carrera. Dura en el cargo tres semanas. En ese tiempo: Manda torturar a un grupo de nobles acusados de insultarlo. Usa a Münnich para amedrentar nada menos que a los padres del zar, amenazándolos con enviarlos a Alemania. Organiza un humillante interrogatorio público al príncipe Anton Ulrich de Brunswick, papá del zar, haciéndolo admitir que quería “rebelarse un poco”. Nunca le concede el ansiado título de comandante supremo a Münnich. Como represalia, éste se alía con los padres de Iván VI y urde el golpe contra Biron.

1730 – 1740. Uno de los tres hombres fuertes de Rusia. Aprovecha su situación en el gobierno para enriquecerse, cerrar el paso a los nobles rusos y mandar al exilio a Siberia o ejecutar a quienes se atreven a oponérsele. Al reinado de Anna se le conoce como la Bironovshchina, “el tiempo de Biron”, en ruso, supuestamente por la influencia que ejercía. Aunque ahora los historiadores, entre ellos Simon Sebag Montefiori, comentan que es una idea machista, porque Anna ejerció el poder con bastante autonomía, a pesar de lo enamorada que estaba de Biron.

1727. Jefe de asesores de Anna Ivanovna, duquesa de Courland. A sus 37 años, es tan guapo y seductor que Anna, hija del zar Iván V (medio hermano de Pedro el Grande), lo toma como su amante.

Epílogo

Una vez en la cárcel, Biron dice que solo había aceptado el puesto de regente porque se lo sugirió Münnich, confesión que Osterman, el otro integrante de la antes poderosa tríada, aprovecha para quedarse con todo el poder y deshacerse de los dos. Lo mandan a Siberia, donde está menos de un año, gracias a que Osterman y los papás del zar, son derrocados a su vez por los herederos directos de Pedro el Grande. Biron puede poner todavía más entradas en su CV: en 1762 fue aceptado de nuevo en la corte rusa, y en 1763 fue reinstalado como duque de Courland por Catalina II, la Grande.

Fuentes: La foto es de la Biblioteca Británica en flickr.  Información: Sobre todo Simon Sebag Montefiori, The Romanovs, que tiene los detalles más escabrosos. Y la enciclopedia británica.

Me equivoqué de cuento

Camino más rápido para alcanzarla. Sé que ella le va a dar otra vuelta al parque, así que voy en sentido contrario para volvérmela a topar. Quiero saludarla. Es una mañana algo fría, el sol se cuela entre las hojas de los liquidámbares, que tanto se parecen a las de la bandera de Canadá. Desde el temblor, me da más gusto reencontrarme a los vecinos.

Es una señora delgada, que sale a caminar, apoyada en unas muletas. Inclina la cabeza hacia adelante, un movimiento que le da elegancia a su pelo agarrado en cola de caballo. Aun desde lejos se adivina que huele a limpio, con sus pants de figuritas recién lavados.

Sujeto más corto la correa de Rita, para que no se detenga a olisquear las hojas de los truenos ni los troncos de los fresnos. Los encuentros casuales son una gran oportunidad.

Acelero más y me acuerdo de esa historia de un joven marino estadounidense. Tenía que entregar unos documentos y, en la sala de espera, se puso a platicar con un señor que andaba en sus 50. Años después, el joven empezó una carrera de periodista. Pasó más tiempo y el hombre con el que tuvo la plática casual lo citó en un estacionamiento, para contarle los secretos sobre Watergate, que llevarían a la renuncia del presidente Richard Nixon. El joven era  el periodista Bob Woodward y el hombre con el que habló pasaría a ser conocido como “Garganta Profunda”.

He conocido a muchos en el parque. No pensamos tumbar a un presidente, pero cuando menos nos juntamos para ver el futbol, jugar dominó o visitar la exposición de Caravaggio. Con los dueños de Tao, Uma, Obelix, Sofi, Tomasa, Peltre, Oli, Martina o Zeus hablamos de las ocurrencias de nuestros perros y de la salud de nuestros trabajos y nuestras familias; del cine de Fellini, las clases de arte, la economía del comportamiento y los tipos de árboles.

“Córrele Rita, vamos a saludar”, le digo a mi perra. Por fin, nos volvemos a topar.

— Buenos días, señora. Hace rato la saludé, pero seguro no me vio.

— No soy Caperucita Roja para andar saludando a todos en el parque.

— …

Trato de cerrar la boca. Empiezo a dar otra vuelta al parque y la dueña de Tara me saluda. Una vuelta más y nos vamos.

Un paseo en el parque

Con una mano agarro a Rita del hocico y con la otra jalo el hueso de pollo que tiene entre los dientes.

— “Suelta”, le digo. Los perros pueden entender 160 palabras, pero a Rita le falta aprender esta.

Por fin, le arranco el hueso y me limpio la mano en el pantalón, junto a la mancha de lodo que Rita me hizo cuando salió del charco.

Ve una pelota y se lanza sobre el perrito que la trae. “¡Suelta!”, le grito. Parece que el aprendizaje no es el fuerte de ninguno de los dos. La agarro de las patas traseras y me la llevo.

Tao, su mejor amiga desde que Uma se mudó, se lanza a saludarla. Rita se echa para llenarse de tierra y luego corre a enlodar a la dueña de Tao. “Perdón, perdón”, alcanzo a decir.

Aparece Tomasa, su némesis, la perrita de dos amigos queridos. Se gruñen, se ladran. Las amarramos. Cuando mis amigos huyen, sin que acabemos de comentar la noticia del día, la vuelvo a soltar.

— “Rita, hay que apurarnos, porque tengo un desayuno”. No reconoce las palabras.

Corre detrás de un pájaro. Huele la cobija de un hombre que duerme en la banca. La llamo para que lo deje en paz. Ya estaba oliendo los platos de unicel tirados junto al bote de basura, en busca de otro hueso de pollo. Me imagino huesos astillados adentro de su panza y le grito desaforado. “¡No!” Me sigue. 

— “Bueno, ya vámonos”. Esa palabra sí se la sabe. Empieza a ladrarme con su voz de perro grande. Una señora me dice que no es agradable oír los ladridos de los perros.

— “¡Adiós!” Otra de su repertorio. Aumenta los ladridos, se me pone enfrente para taparme el paso hacia la casa.

— “Ay, Rita, no sé cómo convencerte”. Alguna palabra entendió. Me ofrece el cuello para que le ponga la correa.

Camino a casa, muerde mis únicos tenis asics. Cuando estoy atando de nuevo las cintas, empieza un sprint, conmigo de corbata. Tenemos que pasar entre las señoras que dejan a los niños en el Montessori. “Con permiso, con permiso”.

En la noche, le estoy dando palmaditas en la panza.

— “Del 1 al 10, donde 10 es muy contento, ¿cómo te la pasas cuando paseas a Rita?”, me pregunta Cristina.

— “10, claro”, le contesto.

Rita me pone la pata encima, para que siga dándole palmaditas. Sacudo la huella que me dejó en el pantalón del traje.

Oigan peatones: ya supérenlo

— Un idiota me gritó horrible en la mañana, en el Starbucks.

— ¡No me digas! ¿Cómo? ¿En el drive thru?

— Sí, ¿en el drive thru, ¿Cómo crees que adentro? ¡Qué oso bajarme del coche! ¡Jamás! Ahí es como África. Iba yo feliz de que no había fila y que doy el volantazo para meterme. Y el idiota empieza a gritar y a decirme que casi lo atropello. Un ruco espantoso, nunca lo había visto en mi vida y no sé por qué me estaba dando lata. Se puso enfrente de la bocina y no me dejaba pedir mi frapuchino sin crema batida. Y yo con la prisa que traía.

— Increíble, pero ya te he dicho que qué horror que te metas a esas colonias. Seguro era un homeless.

— Ay sí, en la Condesa es difícil saber. Era un viejo todo fachoso, de short y una sudadera de esas que ya no saca Nike hace como 10 años. Puede ser un homeless o uno de los que viven por ahí, que les gusta caminar por esas banquetas todas mugrosas. Seguro ni se preocupan por la inseguridad, nadie les va a robar su Nokia, porque los que andan por la calle no han de traer ni iPhone 4. Salieron dos empleados del Starbucks a rescatarme y el viejo les grita que me le atravesé en la banqueta. ¿Quién camina? Ni que fuera Antara, ¡goey! Le ofrecieron un té chai, el pobre naco no ha de saber ni qué es eso. Les dijo que no, y todavía seguía enchinchando con que no entendía cómo yo no le pedía perdón y reconocía que le había echado el coche encima. ¡No manches! ¿Perdón de qué o qué? Que se espere si quiere caminar por su puta banquetita, que se cuide, ya no está para eso, se le van a lastimar las rodillas.

— Y total. ¿nunca se largó? ¡Qué pancho horrendo!

— Ay, se fue cuando le dije: “Ya supéralo”. Es increíble. ¿Por qué le voy a pedir perdón? ¿Pues qué? ¿La banqueta es suya? Ni que estuviéramos en Nueva York. 

¿Estamos condenados a ser superficiales?

Fábula del cisne y del búho o qué tan profundos podemos ser en la era de internet.

El cisne se levantó temprano, metió sus patas en los tenis de nueva generación y corrió al gimnasio tirando caquitas en el camino.

Antes de empezar la rutina del día -le tocó hacer ala- vio en el espejo sus fuertes muslos. Subió y bajó las alas, combinando el ejercicio con unos saltitos. Al terminar, se bañó en el azul de la fuente, metió su pico en su engañoso plumaje y se comió una semilla que le había caído en el fuerte pecho, y que le sirvió de desayuno gracias al contenido de nutrientes necesario para mantener su brillo.

Camino a su trabajo se tomó dos selfies y las subió a instagram. Cuando estaba por tomarse la tercera, vio en la pantalla de su iPhone, del modelo más reciente, unas manos que se le acercaban al cuello para torcerlo.

— ¿Qué pasa? ¿Qué quieres? ¿Quién eres? Graznó con una nota blanca en su voz, al mismo tiempo que volteaba con gracia.
— ¡Muere! Nos has engañado a todos. No sientes el alma de las cosas.
— Ay, otra vez ese poeta tapatío. Yo creía que el olvido se había encargado de él, con sus llamados al odio y a torcernos el cuello. Somos de lo más necesario. Vete de aquí, que ya voy tarde para decirle al búho las tareas de hoy.
–¿Cómo? ¿Trabajas con el búho? Lo siento, no sabía que las cosas habían cambiado tanto.
–“Lo siento, lo siento”. No sé cómo no te denuncio por odiar intensamente mi vida.

El cisne llegó a su agencia “La voz del paisaje”.
Ahí estaban otros cisnes, alimentando las redes sociales. Una subía a instagram las fotos de su último viaje por Central Park, en donde había combinado “perfecto”* una bolsa para semillas de flor de calabaza, diseñada por Yves Swan Laurent, con tenis de la tienda de fast fashion Uniglogloglo. Otra estaba mandando a la red del pajarito sus comentarios sobre la alfombra roja de la tarde. Todos los mensajes estaban en una forma y en un lenguaje que no iban acordes con el ritmo latente de la vida profunda.

Y en el fondo de la oficina, el búho, con su inquieta pupila, se esforzaba por interpretar el misterioso libro del silencio nocturno.

— Deja ya eso, le graznó el cisne. Ya no estás en el regazo de Palas. ¿Para qué quieres ser profundo si eso no nos va a dar likes?
— ¡Es eso, Cisne! Por fin entiendo por qué estoy incómodo en este puesto.
— Pues tiende tus alas, si quieres, y posa en aquel árbol tu vuelo taciturno.

El sapiente búho se fue. Dejó al cisne y la búsqueda obsesiva de los likes y la “curaduría” de lo que sea que aparezca en google. Se fue a saciar a fondo su curiosidad sobre la vida. Y desde entonces se esfuerza para que la vida comprenda su homenaje.

El cisne se quedó paseando su gracia, no más.

*No puedo resistir esta aclaración. Esos cisnes de la agencia “La voz del paisaje” nunca, jamás, se molestaron por entender que no se dice: “combinó perfecto”, o “me queda perfecto”. Para modificar al verbo se necesita un adverbio. Lo correcto es decir “perfectamente”. Bueno, a menos que no quieras hablar correcto, es decir, correctamente.

¿Qué haces cuando te planta un posible cliente?

Tenías meses persiguiendo al prospecto de cliente y por fin te dio una cita. Adelantas el regreso de Puerto Vallarta, te aseguras de no tener ningún otro compromiso para ser el más puntual, llegas 15 minutos antes, te anuncias en seguridad, entras a la sala de espera y 45 minutos después, la recepcionista te dice que no encuentra a la persona que te citó, aunque ya preguntó por ella en todas las extensiones del edificio. Le mandas un whatsapp y te dice que le surgió una emergencia. Le dices: “No te apures, dime cuándo nos vemos”. Y ya. El horrible silencio de las palomitas de whatsapp, del mensaje entregado y no leído o de leído y no contestado.

Pobre, seguro chocó cuando llevaba a su hijo a una operación de emergencia y su marido, que se está recuperando él mismo de una intervención quirúrgica, se arrancó el suero, se arrastró desde su cama de hospital al coche y fue a ayudarle para encontrarse con que lo último que su pobre y atareada esposa alcanzó a hacer antes de entrar en coma fue mandar un mensaje que decía “me surgió una emergencia”.

Piensas que a esta diligente persona le sucede de todo, como aquella vez que te cambió la hora de la llamada para las 3 de la tarde y tuviste que interrumpir una comida para marcarle y no te contestó, sin contar todas las veces que tuvo que cambiar la cita, siempre por correo, aunque tiene tu whatsapp.

Cuando llegas a tu oficina le mandas un correo deseándole que todo esté bien. Y,  descansando tu barbilla en la mano, ves fijamente tu computadora y tu teléfono esperando que te mande un nuevo mensaje. Pero si ya te mandó el mensaje. ¿Sabes cuál es?: “No me interesa”.

Desesperado googleas para ver qué hacer cuando te dejan plantado y te encuentras con estos dos artículos:

Este que dice: “Valórate, ten dignidad”

Y este otro que te recomienda encontrar un buen acuerdo o terminar tus pérdidas, buscando otro prospecto mejor. 

Después de leer que hay que tener dignidad, que cuando un cliente aplaza las citas y te deja plantado es porque no te quiere comprar, piensas cuál será tu siguiente plan de acción.

“¡Ah sí!”, dices, primer paso, vas a mandarle un nuevo whatsapp: “Ojalá ya estés mejor y hayas podido resolver tu emergencia”.  Segundo paso, te vas a sentar a ver cuándo aparece la respuesta en tu teléfono. Ves a tu perrito, cómo consigue cosas con solo poner su patita delantera en tus piernas mientras estás comiendo. Tercer paso, si te contesta el whatsapp, te vas a poner panza arriba. 

Tuve que rogarle a Rita para que pusiera esta cara.

Te pagan menos si vas en bici al trabajo

Por ir en bici a la oficina ganas menos que tu compañero que hace un trabajo como el tuyo pero va en coche. Tu jefe no te lo va a decir, aunque lo más seguro es que sí, destina menos dinero para ti que para los que traen auto.

Una empresa paga entre 1,000 y 1,500 pesos mensuales por cajón de estacionamiento*. Si vas en bici en lo más que van a gastar es en poner un tubo para que la amarres.

Antes de que te quejes, ponte en el lugar de los empleados con menores salarios. Por ejemplo, en la ciudad de México, y tal vez en Guadalajara o Monterrey, los empleados de bajos recursos pasan entre dos y tres horas diarias en el transporte público para llegar a su empleo. Súmale a esas horas perdidas, el costo del transporte que no se les reembolsa.

En cambio, para los que van en auto, en muchas empresas, además de pagarles el cajón de estacionamiento, les dan vales de gasolina. Y eso va multiplicando los incentivos para andar en coche y las desventajas para los que no lo usamos.

Tu jefe cree que tiene cosas más importantes que hacer, en lugar de andar promoviendo la igualdad. Pero son pequeñas decisiones como estas las que terminan por costarnos a todos. Los incentivos para andar en auto crean más tráfico; los gastos extra para los que traen coche aumentan la desigualdad y le cuestan a todos. Si la empresa paga por el estacionamiento, tiene mayores gastos y el que trae coche ni siquiera siente el beneficio como lo sentiría si le dieran el dinero en efectivo.

*La cifra del gasto en estacionamiento la cita Jorge Macías, director de Desarrollo Urbano en World Resources Institute, una organización que busca crear conciencia sobre los efectos de las políticas públicas en el progreso de la población.