Un paseo en el parque

Con una mano agarro a Rita del hocico y con la otra jalo el hueso de pollo que tiene entre los dientes.

— “Suelta”, le digo. Los perros pueden entender 160 palabras, pero a Rita le falta aprender esta.

Por fin, le arranco el hueso y me limpio la mano en el pantalón, junto a la mancha de lodo que Rita me hizo cuando salió del charco.

Ve una pelota y se lanza sobre el perrito que la trae. “¡Suelta!”, le grito. Parece que el aprendizaje no es el fuerte de ninguno de los dos. La agarro de las patas traseras y me la llevo.

Tao, su mejor amiga desde que Uma se mudó, se lanza a saludarla. Rita se echa para llenarse de tierra y luego corre a enlodar a la dueña de Tao. “Perdón, perdón”, alcanzo a decir.

Aparece Tomasa, su némesis, la perrita de dos amigos queridos. Se gruñen, se ladran. Las amarramos. Cuando mis amigos huyen, sin que acabemos de comentar la noticia del día, la vuelvo a soltar.

— “Rita, hay que apurarnos, porque tengo un desayuno”. No reconoce las palabras.

Corre detrás de un pájaro. Huele la cobija de un hombre que duerme en la banca. La llamo para que lo deje en paz. Ya estaba oliendo los platos de unicel tirados junto al bote de basura, en busca de otro hueso de pollo. Me imagino huesos astillados adentro de su panza y le grito desaforado. “¡No!” Me sigue. 

— “Bueno, ya vámonos”. Esa palabra sí se la sabe. Empieza a ladrarme con su voz de perro grande. Una señora me dice que no es agradable oír los ladridos de los perros.

— “¡Adiós!” Otra de su repertorio. Aumenta los ladridos, se me pone enfrente para taparme el paso hacia la casa.

— “Ay, Rita, no sé cómo convencerte”. Alguna palabra entendió. Me ofrece el cuello para que le ponga la correa.

Camino a casa, muerde mis únicos tenis asics. Cuando estoy atando de nuevo las cintas, empieza un sprint, conmigo de corbata. Tenemos que pasar entre las señoras que dejan a los niños en el Montessori. “Con permiso, con permiso”.

En la noche, le estoy dando palmaditas en la panza.

— “Del 1 al 10, donde 10 es muy contento, ¿cómo te la pasas cuando paseas a Rita?”, me pregunta Cristina.

— “10, claro”, le contesto.

Rita me pone la pata encima, para que siga dándole palmaditas. Sacudo la huella que me dejó en el pantalón del traje.

Oigan peatones: ya supérenlo

— Un idiota me gritó horrible en la mañana, en el Starbucks.

— ¡No me digas! ¿Cómo? ¿En el drive thru?

— Sí, ¿en el drive thru, ¿Cómo crees que adentro? ¡Qué oso bajarme del coche! ¡Jamás! Ahí es como África. Iba yo feliz de que no había fila y que doy el volantazo para meterme. Y el idiota empieza a gritar y a decirme que casi lo atropello. Un ruco espantoso, nunca lo había visto en mi vida y no sé por qué me estaba dando lata. Se puso enfrente de la bocina y no me dejaba pedir mi frapuchino sin crema batida. Y yo con la prisa que traía.

— Increíble, pero ya te he dicho que qué horror que te metas a esas colonias. Seguro era un homeless.

— Ay sí, en la Condesa es difícil saber. Era un viejo todo fachoso, de short y una sudadera de esas que ya no saca Nike hace como 10 años. Puede ser un homeless o uno de los que viven por ahí, que les gusta caminar por esas banquetas todas mugrosas. Seguro ni se preocupan por la inseguridad, nadie les va a robar su Nokia, porque los que andan por la calle no han de traer ni iPhone 4. Salieron dos empleados del Starbucks a rescatarme y el viejo les grita que me le atravesé en la banqueta. ¿Quién camina? Ni que fuera Antara, ¡goey! Le ofrecieron un té chai, el pobre naco no ha de saber ni qué es eso. Les dijo que no, y todavía seguía enchinchando con que no entendía cómo yo no le pedía perdón y reconocía que le había echado el coche encima. ¡No manches! ¿Perdón de qué o qué? Que se espere si quiere caminar por su puta banquetita, que se cuide, ya no está para eso, se le van a lastimar las rodillas.

— Y total. ¿nunca se largó? ¡Qué pancho horrendo!

— Ay, se fue cuando le dije: “Ya supéralo”. Es increíble. ¿Por qué le voy a pedir perdón? ¿Pues qué? ¿La banqueta es suya? Ni que estuviéramos en Nueva York.