¿Cómo se vería la historia en un CV?

Pasa de la media noche. El hombre más poderoso de Rusia, el regente Biron, totalmente desnudo, trata de esconderse abajo de la cama. El coronel Hermann von Manstein y un grupo de soldados irrumpieron en su cuarto para arrestarlo por órdenes del mariscal de campo del ejército. Cuando von Manstein salta sobre él, Biron logra levantarse y empieza a tirar golpes a diestra y siniestra, que los soldados detienen con las culatas de sus armas.

Minutos antes, von Manstein y sus secuaces estaban perdidos en la oscuridad de los pasillos del Palacio de Verano de San Petersburgo. Lo más silenciosos que podían, pasaban junto a los sirvientes sin poderles preguntar: “disculpe, ¿dónde están los aposentos del regente? Es que nos mandaron a dar un golpe porque los papás del zar no están de acuerdo con que Biron gobierne”.

Por fin, von Manstein se topó con una puerta corrediza, la rompió y encontró al duque de Courland, Ernst Biron, dormido a pierna suelta, al lado de su esposa. Tan dormido estaba que su reacción fue tratar de meterse debajo de la cama.

Horas antes, Biron había cenado, como todas las noches de su regencia, con el mariscal de campo Christoph von Münnich. Ellos dos, más Andrey Osterman, fueron los hombres más poderosos durante los diez años del reinado de la recién fallecida Anna Ivanovna. ¿Cómo es que von Münnich, quien se despidió de Biron a las 11 de la noche, mandó arrestarlo horas después? Tal vez la historia se vería así en un curriculum.

Ernst Biron, duque de Courland y Conde del Sacro Imperio Romano. CV. 

1740. Regente de Rusia. Encargado del gobierno del Imperio Ruso, mientras alcanza la mayoría de edad el heredero Iván VI, entonces solo un bebé de semanas de nacido. Llegó a regente rogándole de rodillas a la zarina Anna que lo nombrara. Solo así podría defenderse de todos los enemigos que se había forjado en su carrera. Dura en el cargo tres semanas. En ese tiempo: Manda torturar a un grupo de nobles acusados de insultarlo. Usa a Münnich para amedrentar nada menos que a los padres del zar, amenazándolos con enviarlos a Alemania. Organiza un humillante interrogatorio público al príncipe Anton Ulrich de Brunswick, papá del zar, haciéndolo admitir que quería “rebelarse un poco”. Nunca le concede el ansiado título de comandante supremo a Münnich. Como represalia, éste se alía con los padres de Iván VI y urde el golpe contra Biron.

1730 – 1740. Uno de los tres hombres fuertes de Rusia. Aprovecha su situación en el gobierno para enriquecerse, cerrar el paso a los nobles rusos y mandar al exilio a Siberia o ejecutar a quienes se atreven a oponérsele. Al reinado de Anna se le conoce como la Bironovshchina, “el tiempo de Biron”, en ruso, supuestamente por la influencia que ejercía. Aunque ahora los historiadores, entre ellos Simon Sebag Montefiori, comentan que es una idea machista, porque Anna ejerció el poder con bastante autonomía, a pesar de lo enamorada que estaba de Biron.

1727. Jefe de asesores de Anna Ivanovna, duquesa de Courland. A sus 37 años, es tan guapo y seductor que Anna, hija del zar Iván V (medio hermano de Pedro el Grande), lo toma como su amante.

Epílogo

Una vez en la cárcel, Biron dice que solo había aceptado el puesto de regente porque se lo sugirió Münnich, confesión que Osterman, el otro integrante de la antes poderosa tríada, aprovecha para quedarse con todo el poder y deshacerse de los dos. Lo mandan a Siberia, donde está menos de un año, gracias a que Osterman y los papás del zar, son derrocados a su vez por los herederos directos de Pedro el Grande. Biron puede poner todavía más entradas en su CV: en 1762 fue aceptado de nuevo en la corte rusa, y en 1763 fue reinstalado como duque de Courland por Catalina II, la Grande.

Fuentes: La foto es de la Biblioteca Británica en flickr.  Información: Sobre todo Simon Sebag Montefiori, The Romanovs, que tiene los detalles más escabrosos. Y la enciclopedia británica.

Me equivoqué de cuento

Camino más rápido para alcanzarla. Sé que ella le va a dar otra vuelta al parque, así que voy en sentido contrario para volvérmela a topar. Quiero saludarla. Es una mañana algo fría, el sol se cuela entre las hojas de los liquidámbares, que tanto se parecen a las de la bandera de Canadá. Desde el temblor, me da más gusto reencontrarme a los vecinos.

Es una señora delgada, que sale a caminar, apoyada en unas muletas. Inclina la cabeza hacia adelante, un movimiento que le da elegancia a su pelo agarrado en cola de caballo. Aun desde lejos se adivina que huele a limpio, con sus pants de figuritas recién lavados.

Sujeto más corto la correa de Rita, para que no se detenga a olisquear las hojas de los truenos ni los troncos de los fresnos. Los encuentros casuales son una gran oportunidad.

Acelero más y me acuerdo de esa historia de un joven marino estadounidense. Tenía que entregar unos documentos y, en la sala de espera, se puso a platicar con un señor que andaba en sus 50. Años después, el joven empezó una carrera de periodista. Pasó más tiempo y el hombre con el que tuvo la plática casual lo citó en un estacionamiento, para contarle los secretos sobre Watergate, que llevarían a la renuncia del presidente Richard Nixon. El joven era  el periodista Bob Woodward y el hombre con el que habló pasaría a ser conocido como “Garganta Profunda”.

He conocido a muchos en el parque. No pensamos tumbar a un presidente, pero cuando menos nos juntamos para ver el futbol, jugar dominó o visitar la exposición de Caravaggio. Con los dueños de Tao, Uma, Obelix, Sofi, Tomasa, Peltre, Oli, Martina o Zeus hablamos de las ocurrencias de nuestros perros y de la salud de nuestros trabajos y nuestras familias; del cine de Fellini, las clases de arte, la economía del comportamiento y los tipos de árboles.

“Córrele Rita, vamos a saludar”, le digo a mi perra. Por fin, nos volvemos a topar.

— Buenos días, señora. Hace rato la saludé, pero seguro no me vio.

— No soy Caperucita Roja para andar saludando a todos en el parque.

— …

Trato de cerrar la boca. Empiezo a dar otra vuelta al parque y la dueña de Tara me saluda. Una vuelta más y nos vamos.