Por qué no te alcanza el dinero o el tiempo

A la mejor tú tienes la culpa de que el dinero no te alcance. Bueno, no le digas culpa, pero tal vez es algo que estás haciendo mal. Sí, ya sabemos que hay crisis económica y que la vida no es justa y que la economía es peor. Que la repartición de riqueza es desigual.. Sí, sí, pero cuando te tocan las cartas malas, algo pasa que tomas decisiones que te hacen que vuelvas a agarrar cartas malas.

Por lo menos eso es lo que se ha descubierto últimamente: que cuando te falta algo, te obsesionas horriblemente y empiezas solo a pensar en eso que te falta y, en lugar de que eso te ayude, te va hundiendo más y más. Puede ser que estés muy endeudado y te falte dinero para pagar las deudas. Pero también que estés lleno de trabajo y no te alcancen los días de la semana y te falte tiempo y más tiempo para terminar –y encima tienes a tu esposa reclamándote atención y a tus hijos que no se esperan a que termines el reporte trimestral para hacer cosas divertidas y que tú no te las pierdas-. O puede ser que creas que no nadie te quiere, todos te odian y entonces tomas decisiones espantosas, como comerte un gusanito.

Algunos economistas dicen que la escasez puede provocar más escasez. Y así se pueden explicar, en parte, los círculos viciosos de la pobreza. Vamos con un ejemplo que vas a entender como buen clasemediero que eres. Es casi la una de la tarde del viernes. Tienes que entregar como 15 reportes ante de que termine la semana. Si por ti fuera, te quedarías en la oficina toda la tarde, pero tu esposa ya te organizó una comida y no hay –por la salud de tu matrimonio y tu relación con tus hijos y tu perro- poder humano que te permita volver a trabajar después de las 4. O sea que estás apuradísimo. No tienes tiempo para hacer tantas cosas: los reportes, comer con la esposa, hablar con los hijos y pasear al perro. Y justo cuando estás en todos esos malabares, te llama un amigo. “Oye, tengo un nuevo cliente y necesito que me ayudes con un estudio/asesoría/mesa (o lo que sea que tú hagas con lo que le puedes ayudar) para él”. La paga no va a ser suficiente para compensar tu tiempo, pero es tu amigo y además ahorita estás súper ocupado, así que para quitártelo de encima, le dices que sí, que lo harás la próxima semana.

¿Qué crees? Acabas de tomar prestado tiempo de mañana a cambio de tener un poquito más de tiempo hoy. Pasa con demasiada frecuencia con el trabajo. Estás llenísimo de cosas que hacer, quieres quedar bien con el jefe y éste te manda y te manda correos electrónicos con nuevas instrucciones. Como no tienes tiempo de ir a encarar a tu jefe para que deje de micromanejarte y de querer moverte como títere, te sigues moviendo como títere, porque así, crees tú en tu infinita inocencia, lo vas a calmar y algún día lo vas a alcanzar y vas a tener tiempo para decirle: oye, si me sigues mandando órdenes no voy a tener tiempo de cumplir las que me diste ayer. Pero ese tiempo nunca llega y tú sigues pidiendo prestado tiempo para mañana.

Eso de pedir prestado tiempo se aplica en muchas cosas. ¿Te has fijado cómo te tardas en la mañana en encontrar un calcetín o en encontrar una camisa que no esté demasiado arrugada? Es que necesitarías una hora el fin de semana para arreglar tu clóset y que todo esté bien organizado. Como no tienes esa hora, cada mañana tomas prestados 10 o 15 minutos extra de tu tiempo para prepararte para el día, y en cuatro días ya gastaste más tiempo que el que te habría tomado organizar el clóset y así poder salir tranquilo, feliz y guapo todos los días a tu trabajo.

Eso puede pasar a la hora de administrar el dinero. Como no tienes los 300 pesos que cuesta un plan de renta mensual del teléfono celular, compras una tarjeta hoy y le pones 20 pesos. En poquísimo tiempo se te acaba el tiempo aire y le tienes que poner más. Como el tiempo aire en las tarjetas es más caro que el de la renta, terminas pagando más caro. Pasa con la tenencia, que no la puedes pagar al principio de año y te sale más cara después. O con la comida diaria, que vas pagando de a poquito en la fonda, en lugar de tener el dinero (y el tiempo) de prepararte comida en tu casa.

De aquí no tendría por qué concluirse que los pobres tienen la culpa de su pobreza, por andar tomando malas decisiones. Sino que están sumidos en un círculo que les va limitando su “ancho de banda” mental para tomar decisiones. La solución sería salir de ese círculo.

Los psicólogos le dicen a esto “visión de túnel”, esa que pasa cuando tenemos un problema y solo pensamos en él, cuando verlo desde afuera tal vez nos ayudaría a encontrarle una solución más práctica.

Esa visión de túnel te da, por ejemplo, cuando llevas un rato de la greña con tu pareja y solo piensas en el pleito que tuvieron en la mañana por una tontería, igual que la tontería de ayer. Entonces te clavas pensando cosas como “no puede ser que me grite porque dejé enredado el tapete del baño” o “no puede ser que no entienda que no hay que dejar enredado el tapete del baño”. “Híjole, y lo mismo pasó ayer con alguna otra estupidez”. Y entonces buscas soluciones, o mejor dicho, te la pasas rumiando soluciones sobre algo que ya pasó y que ya no se puede solucionar como: “si no hubiera enredado el tapete habríamos ido al cine”, etc., etc., etc. Cuando los dos estarían más felices si no estuvieran enredados, como tapete del baño, en lo que pasó en la mañana –o en la cuenta que él o ella no quisieron pagar en 2007- y se concentraran en algo diferente.

¿Cómo encontrar soluciones? Por ejemplo, para que no sigas gastando mal o para que no tengas ni un peso en el fondo de emergencias que Sofía Macías, la del Pequeño Cerdo Capitalista, te ha dicho mil veces que debes tener. Sabes que algo estás haciendo mal, pero no has entendido qué te lleva a tomar esas malas decisiones. Todo esto que te cuento no lo inventé yo.

Hay un montón de investigaciones, que están compiladas, analizadas y muy bien platicadas en el libro “Escasez. ¿Por qué tener muy poco significa tanto?” de Sendhil Mullainathan y Eldar Shafir (Fondo de Cultura Económica). Ahí los autores proponen algunas soluciones. Algunas tienen que ver con políticas públicas, que incluyen hacer que las personas de escasos recursos tengan mejores opciones de crédito, que les ayuden a romper el círculo vicioso de la pobreza.

Y otras soluciones tienen que ver con un pequeño esfuerzo personal que podríamos hacer la mayoría de los clasemedieros: ver las cosas desde afuera. Por ejemplo, romper la inercia de la camisa arrugada en el clóset todas las mañanas, dedicándole un poco de tiempo a ordenar el fin de semana o pensar y preparar mejor los gastos para toda la semana o el mes, animándose a pagar un plan de renta del celular o a prepararse para, mañana, depositar en el ahorro voluntario de la afore en el 7 Eleven y así acostumbrarse a tener un guardado.

Y por si fuera poco, un podcast sobre el tema:

 

Cuidado con lo que dices, porque te lo vas a creer

Donde hubo un pantano, ahora hay un ordenado parque rodeado de museos con lo mejor del arte, la ciencia y la tecnología. Así es la capital de Estados Unidos, que está hecha como una lección de historia: Miren, ciudadanos, miren, pueblos del mundo, esto es en lo que creemos y lo que vamos a defender. El monumento a Lincoln, con el enorme presidente sentado, cita el discurso de su segunda toma de posesión: “con altas esperanzas en el futuro, ninguna predicción es demasiado aventurada”. El edificio del archivo nacional, donde se guardan la Constitución y la declaración de la independencia, tiene dos grandes letreros en sus lados, que dicen que ahí están los registros de la vida nacional, lo que  “simboliza nuestra fe en la permanencia de nuestras instituciones nacionales” y que ahí se custodian “los lazos que atan las vidas de nuestro pueblo en una unión indisoluble”.

Ah, los gringos, ¡cómo les gusta creer en lo que decretan! Fastforward a los símbolos de las instituciones en México, en especial, el edificio de la Suprema Corte de Justicia. La justicia no es algo que exista por sí mismo, es algo que funciona porque una sociedad cree en ella, tal como nos enseñaron la Revolución Francesa y la Independencia de Estados Unidos. Pero nosotros, los mexicanos, no creemos en la justicia. De manera que los “contenidos”, es decir lo que se puede leer y ver en las paredes del edificio de la Suprema Corte, solo dicen, con gran cinismo, que la justicia en nuestro país no funciona.

Cauduro en la Suprema Corte de Justicia
Había puesto esta foto como imagen destacada pero después se me hizo muy repelente. ¿Será que esto es lo que debe adornar las paredes del lugar donde se supone se administra la justicia?

En lugar de ver una representación de la justicia que ilumina el mundo, en los murales de la Suprema Corte vemos abogados corruptos, hombres secuestrados, mujeres violadas, gente triste encarcelada, policías represores, expedientes olvidados. Parece que el mensaje es este: “sí, ya sabemos que estamos mal, lo reconocemos y lo ponemos en las paredes de la sede de la mismísima institución que debería evitar las injusticias”. O con más precisión: “Ni se quejen, ya sabemos que no hay justicia, por eso le pagamos a este artista, para hacer como que estamos del lado de la víctima en lugar de hacer nuestro trabajo, que es aspirar a mejorar”. En especial los murales de Cauduro, que son como un escupitajo en la cara de las instituciones de justicia mexicana, podrían ser una representación de la leyenda en la puerta del infierno, según la versión de Dante: “Abandona la esperanza si entras aquí”.

¿Qué vamos a hacer sin periodistas?

Para los medios de comunicación, es el fin del mundo tal como lo conocemos. Los que están ganando la mayor parte del dinero de publicidad son Google y Facebook, porque tienen la atención de todos, todos los días. Ya nadie entra a, digamos,  Excélsior, a buscar una nota sobre la esposa de Javier Duarte o sobre el último escándalo de un músico de banda. Lo buscamos o, mejor, nos topamos con esas noticias, en nuestro muro de Facebook y luego encontramos más detalles en Google. El que sepa ponerse más arriba en la página de resultados, va a ganar aunque sea un poquito de lo que se embolsa Google.

Google y Facebook son la nueva televisión: dan su contenido gratis, conquistan la atención de los usuarios y luego la venden a los anunciantes.

Y para adaptarse a este nuevo mundo dominado por Google y Facebook, la publicidad está cambiando de forma. En lugar de anunciar productos y servicios, ahora las empresas tienen que hablarle a la audiencia y responder sus dudas. O interesarla por un tema y ya que tenga la distraída atención del que se asoma a Facebook, mencionar la marca como la mencionaría un cuate más, que le va a ayudar al lector a resolver sus problemas. Las empresas entonces tienen dos caminos para llegar a su audiencia:

Content marketing, o sea mercadotecnia de contenidos, en  sus propios medios de comunicación. Con el content marketing las empresas hablan de algún tema interesante, dentro de sus propios sitios, con la esperanza de que la audiencia los voltee a ver o los descubra vía Google o Facebook.

O Native content, o contenido nativo, que algunos creen erróneamente que es un publirreportaje que fue al gimnasio. El Native content es algo relacionado con una marca pero que no necesariamente habla de ella. Un publirreportaje de una marca de jabones te habla sobre los jabones. Un native content te habla de las ventajas del baño diario o te da información sobre el número de bacterias que se forman en el cuerpo humano todos los días para que tú, si quieres, pienses en usar el jabón.

El ejemplo que ya se hizo clásico es el de Netflix que, para promover su serie Orange is the New Black, que trata sobre mujeres reclusas, pagó un reportaje sobre las mujeres en las cárceles de Estados Unidos, mismo que publicó en The New York Times y que puedes ver aquí.  Netflix apareció en el New York Times y este sitio recibió ingresos de publicidad. Ese es un ejemplo que salió bienen.

En donde la regaron feo, por usar sus propias palabras, fue en The Atlantic, que aceptó publicar un native content pagado por la Iglesia de la Cienciología.  Cuando vieron su contenido o cuando les llovieron las críticas, lo bajaron, apenas 12 horas después de haberlo publicado. ¿Cómo podían aceptar un anuncio de una Iglesia que va tan en contra de los principios de The Atlantic y sobre todo en un momento en que su dirigente estaba en medio de una polémica por malas prácticas dentro de su “secta”? La discusión todavía sigue. 

Eso del native content ya lo estamos haciendo muy alegremente en México, y no siempre los medios se preguntan si afectará su credibilidad.

Aquí tienen este ejemplo del periódico Récord, un diario de deportes en la Ciudad de México.

Native content
Una enorme pastilla azul en la primera plana de Récord, sin pasar por los reguladores de publicidad de medicina.

Se supone que les voy a creer que a un editor se le ocurrió ilustrar la nota de que al Cruz Azul, apodado La Máquina Celeste, le regresó la potencia, con una gigantesca pastilla de Viagra.

No sé cuántas regulaciones estará pensando la agencia de Pfizer que se pudo saltar con esta primera plana en un periódico. Aunque el diario no se venda, todos los que pasen por los puestos ya vieron el anunciote de Viagra que, por supuesto, necesitaría un permiso de la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris). 

Supuesto native content
Por si les quedaba dudas de que es publicidad “encubierta”

Que el mundo ya cambió para los medios, está claro. Y los periodistas. ¿Qué vamos a hacer los periodistas? Porque los medios están desesperados por conseguir anunciantes y para convencerlos les ofrecen native content. ¿Y quién va a escribir el native content? Los mismos periodistas que se están quedando sin trabajo en las redacciones de noticias.

Qué paradoja. Los medios están recortando puestos y salarios de los periodistas no porque nadie los lea, sino porque nadie paga por leer lo que publican. En cambio, hay trabajo para los mismos redactores, que van a utilizar las mismas técnicas de narración que un periodista tradicional, porque las marcas sí están dispuestas a pagar porque se escriban historias interesantes que después le van a llegar al público gratis.

Los menos modestos de mis colegas creen que ahora van a ser como grandes músicos metidos a pianistas de bar, obligados a tocar My Way  por toda la eternidad. Así como Sebastian, el jazzista de La La Land es obligado a tocar villancicos en un restaurante, ahora algunos periodistas creen que van a tener que escribir historias patrocinadas por alguna marca en lugar de las grandes historias que estaban descubriendo.

Se llevaron nuestro queso. O la fantasía sobre el queso que teníamos, porque, la verdad, la verdad, ¿cuántos medios estaban invirtiendo para tener periodistas que escribieran grandes historias?

El nuevo mundo de la informacióno nos abre dos tipos de oportunidades:

  1. Empezar a hacer buen periodismo. Más que nunca se necesita que alguien investigue, encuentre buena información, la confirme, la redacte bien y la publique, por el bien de la sociedad. Para asegurarnos de que esa información nos llegue, habrá que encontrar la manera de pagar por ella. O que el público se suscriba o que haya organizaciones que le metan dinero, como sucede con Propublica, en Estados Unidos. 
  2. Hacer native content, pero con más calidad y, por supuesto, vigilando más la ética. Algunos, como los editores de Buzzfeed, dicen que los lectores notan la diferencia. Un lector sabe que un “native content” como el de Récord y Viagra no es contenido editorial, en teoría. Aunque en este caso el problema no es tanto si los lectores notan la diferencia, sino el hecho de que una marca está violando las regulaciones para anunciar una medicina. Este ejemplo está muy burdo, pero habrá muchos otros retos. Si una empresa de semillas transgénicas quiere hacer native content, ¿se vale publicar un artículo que hable solo de las maravillas de las nuevas semillas? En todo caso, habría que encontrar información relacionada con la marca, pero que no hable directamente de ella, como en el caso ejemplar, y tal vez único, de Orange is the New Black.

La perspectiva no es tan triste. Los periodistas pueden seguir existiendo, porque la sociedad -y las empresas- los necesitan. Pero si logramos que se respete la integridad del periodista -y no obligarlo a poner en primera plana un anuncio que de otra forma estaría prohibido-, la sociedad va a salir ganando.

 

Creo que mi perro me secuestró

“Estaba deprimido, pero mi perro no me dejaba darme cuenta”, me contó un amigo el otro día.
¿Cómo? Entonces ¿Los perros no curan la depresión?

Porque llegas todas las noches cansado del trabajo… y el perro está ahí para moverte la cola.
Llegas el martes, cansado del trabajo y de los gritos del jefe, y el perro te mueve la cola.
El miércoles, el jueves, el viernes: El trabajo está cada vez peor y el perro te mueve la cola.

El lunes… te despiden del trabajo. Llegas más temprano. Y el perro te mueve la cola.

En las mañanas paseas al perro. Y todos los días prefieres hablar del perro que estar aburriendo a la gente con lo que crees que está pasando en tu trabajo o con lo que crees que pasó y por qué ahora ya no tienes el trabajo que tenías. Entonces, las pláticas van así:

Perro en casa
Rita cuando se entera de que voy a trabajar a una oficina.

Día uno. Hoy el perro jugó con Tao.
Día dos. Hoy el perro no quiso caminar por la grava.
Día tres. Hoy el perro regresó enlodado.
Día cuatro. Hoy el perro se peleó con otro.

Hay algunas variaciones:
Día x. Hay un perro nuevo en el parque, le pusimos Lindbergh, porque así se llama el foro. Es como el perro del barrio.
Día x. Por cierto, leí el libro de What is a Dog y parece que los perros no vienen directo de los lobos.
Día x. Con permiso, mejor voy a jugar con mi perro, deberías ver qué chistoso hace las orejas para atrás cuando lo persigues.

La cosa se pone peor.
Hoy no voy al gimnasio porque el perro se quedaría solo toda la tarde.
Aproveché que llevé al perro a que le cortaran el pelo para ir a tomar un café.
No puedo ir a tomar café con mi amiga porque ya es hora de que el perro coma.

Pero es que el perro te pone una sonrisa en la cara, cuando te mueve la cola o te acerca un juguete o te dice Let’s go, como los perros de los poemas de Mary Oliver. Y cuando sonríes, crees que no estás deprimido.

A la mejor, el perro te podría ayudar a que te diagnosticaran la depresión. Porque todas estas situaciones podrían ser síntomas:
No hay nada más divertido que el perro.
Con él no hay conflictos, o los conflictos se resuelven pronto: me ladra cuando vamos de regreso a la casa y yo lo ignoro un ratito hasta que se calma y seguimos tan amigos como siempre.
Buscar clientes me estresa, mejor me quedo con el perro.
No sé qué proponerle al cliente, tal vez jugar con el perro me ayude.
No me voy a poner traje hoy porque se me va a ensuciar, mejor sigo de shorts y chanclas.

Me encontré una serie de preguntas para saber si uno está deprimido y creo que le puedo poner palomita a muchas de ellas:

  • ¿Evitas ver a tus amigos o a tu familia? (sí, porque si no, ¿a qué horas paseo al perro?)
  • ¿Has dejado de realizar actividades que te gustan, como practicar deportes, ir al cine o salir a cenar? (obviamente: ni modo que deje de ver a mi perro en el parque por jugar basquet o ¿hay cines pet friendly?)
  • ¿Has dejado de cuidarte a ti mismo, no comiendo adecuadamente o descuidando tu higiene personal? (No tanto como dejar de comer, pero ¿para qué me baño y me arreglo si bastan los shorts para ir a pasear al perro?)
  • ¿Has dejado de esforzarte por hacer las cosas bien en la escuela o el trabajo? (es que no tengo tiempo, hay que pasearlo)
  • ¿Has perdido el interés en tu relación? (es que con mi perro no hay discusiones)

Y así sucesivamente.

El perro me está distrayendo. Y me está ayudando a escapar y evitar los problemas. “La conducta depresiva con frecuencia está relacionada con escapar y evitar”, dice Richard Wiseman en el libro As If Principle, de donde vienen las preguntas del párrafo anterior. “Cuando algunas personas se topan con un evento negativo, como ser despedidos o la ruptura de una relación, se alejan del mundo para evitar más dolor en el futuro. Ese alejamiento puede tomar muchas formas, incluidas pasar mucho tiempo en la cama, evitar los amigos, comer para tranquilizarse o tomar mucho”. O estar con un perro, que te distrae, no te contradice demasiado y te acompaña a donde digas.

Bueno, el perro hace que me levante de la cama y hasta me ha presentado a nuevos amigos. Gracias a mi perro me di cuenta de que la dueña de Zeus canta padrísimo, los de Obelix son unos tipazos y de que  la dueña de Uma hace mucho que no va al parque. Esas pequeñas distracciones son las que me hacen sospechar que me tiene secuestrado. Prefiero jugar con él que escribir un texto sobre la reforma fiscal.

Por cierto, para seguir con mi tema de conversación, hoy llevé al perro a que aprendiera nuevos trucos. Dicen que eso los motiva y los agota tanto como correr en el bosque. Me imagino que mientras aprenden o corren y brincan en el bosque están en un estado de flow, ese que se da cuando no pensamos en otra cosa más que en lo que estamos haciendo y nos sentimos realizados. Lo dice el psicólogo de nombre impronunciable Mihaly Csikzenthmihalyi, aunque ya lo había dicho muchísimo antes el filósofo y matemático Pascal:

“El único bien de los hombres consiste en que se les divierta de pensar en su condición, bien por medio de una ocupación que les aleje de ese pensamiento, bien por algún sentimiento agradable y nuevo que les ocupe o por el juego… y por eso que llamamos diversión”.


A la mejor mi perro sí me tiene secuestrado: me está dando la ilusión de felicidad y un pretexto para no enfrentar los conflictos. Me da un lugar cómodo para estar, con ella recargada en mí, y con eso dejo de enfrentarme al futuro.

Otra vez lo que dice Wiseman: La persona deprimida puede tratar de evitar pensar en eventos futuros. “Y en lugar de eso, por ejemplo, se queda rumiando el pasado (si tan solo las cosas hubieran sido diferentes) o  viendo telenovelas o programas de concursos en la televisión” y lo vuelvo a añadir yo: viendo cómo el perro interactúa con otros y cómo duerme o cómo come.  O sea, me da un lugar cómodo para estar rumiando y hacer dramas.

Y ahora, a la mejor sin quererlo me topé con algo. Que mi perro, AKA Rita, también me está enseñando cómo podría salir de esa catatonía en la que me estoy metiendo. ¿Qué tal si le copio y salgo a los juegos que nos ponemos los humanos, o sea, las juntas en oficinas, los cafés, el trabajo, una escuela o un curso…, para aprender nuevas cosas?

Porque sí, a la mejor estoy sonriendo porque paseo a mi perro, pero al mismo tiempo estoy en shorts todo el día, casi como el Dude de The Big Lebowski. Es que tengo que andar así para poder pasear al perro en cuanto sea necesario y siempre es necesario, porque es más divertido eso que esforzarme por buscar clientes o nuevos trabajos.

Dicen los psicólogos que lo contrario de depresión no es alegría, sino vitalidad. Y sí, Rita me ha hecho sonreír mucho pero también me ha puesto el escenario para que no salga a enfrentarme el mundo. Ya saben, bajo el eslogan del deprimido: “Mientras más conozco a la gente, más quiero a mi perro”.

Pero basta de acusar a Rita. Ahora, con su ejemplo, cuando se sube a los juegos a la voz de “sube” o brinca un obstáculo a la voz de “brinca” me está diciendo que está bien, que es hora de que yo también salga a la calle, con mis amigos, o con nuevos compañeros de trabajo, a aprender nuevos trucos. Veredicto: el perro no me tiene secuestrado, porque me está enseñando por dónde está la salida.

Y hasta aquí llego, porque es hora de pasear al perro… después de que fui a trabajar toda la tarde acompañado de otros seres humanos.

Cómo sobrevivir a Trump

Dicen que este es el año de Frida Kahlo, porque pinta de la chingada. No estoy de acuerdo en que Frida pinte mal, pero el año… Al nuevo presidente de Estados Unidos ya le gustamos de su puerquito. No quiere que los mexicanos vayan a trabajar allá, así que va a construir un muro, que es hasta malo para los animalitos del bosque y del desierto, y no quiere que las empresas estadounidenses creen trabajos para los mexicanos en México, así que les va a ofrecer ventajas por invertir allá.
Trump entendió que muchos ya se cansaron de esperar a que se cumplan las promesas de que el comercio exterior nos va a hacer felices a todos. Como nos enseñan en la escuela a los economistas, la teoría es que cada país se especializa en producir lo que mejor le sale y así todos tenemos las cosas más baratas. Eso en el bello mundo de la teoría clásica. Pero en el mundo real, para competir, algunos gobiernos permiten que se violen cuantos derechos humanos existan para dar mano de obra barata. Seguro ya están pensando en los horribles talleres con trabajo esclavo para producir camisetas de menos de 6 dólares cada una, como los que salen en el documental The True Cost, que si quieren pueden ver en Netflix.

Se me hace horrible decirlo, pero Trump podría tener un punto. Es horrible decirlo porque Trump es un personaje peligroso, por pendenciero, mentiroso, racista e intolerante. Es tan poco elegante que descalifica a Meryl Streep o a CNN porque se atreven a señalar algunos de sus errores.
Por supuesto que a él no le preocupan los derechos humanos de los trabajadores de la industria textil en Asia o de la industria de autos en México. Pero sí parte de la idea de que exportar trabajos a otras partes del mundo no está beneficiando a los trabajadores estadounidenses que se quedaron fuera de las grandes universidades o que no tienen inversiones en la Bolsa de Valores.

Si se sale con la suya, parece que Trump va a impulsar por un rato, si quieren en forma artificial, al crecimiento de la economía de Estados Unidos.

Aun antes de ser presidente ya consiguió que algunas empresas anuncien que van a crear empleos manufactureros en Estados Unidos. Y con su propuesta de cobrar impuestos a los productos importados tal vez pueda disminuir la cantidad de mercancías chinas y mexicanas en los comercios estadounidenses y eso, otra vez, va a impulsar los empleos tradicionales para los estadounidenses.

No es que los estadounidenses necesitaran más empleos manufactureros. Algunos sí los necesitan, pero según la teoría clásica y como lo habían hecho hasta ahora, ellos podrían especializarse en el conocimiento y los demás podríamos hacerles cosas baratas. Aunque con un poco más de respeto a los derechos humanos que ahora. Hablando de respeto a los derechos humanos, vuelvan a ver Zoolander, esa comedia en la que la industria de la moda quiere que Derek Zoolander asesine a un líder asiático porque quiere aumentar los salarios de los trabajadores textiles.

 

Si ven el documental True Cost, van a ver que las empresas que producen con mano de obra barata se defienden diciendo que esos trabajos en horribles condiciones son la opción menos mala, porque por lo menos se están creando empleos en los países subdesarrollados. Eso todavía es discutible, porque para que esas personas no tuvieran otra opción, se dieron procesos de despojo que les quitaron sus terrenos agrícolas, les cerraron oportunidades de acumular capital y los terminaron por convertir en mano de obra barata. Piensen nada más cómo se transfieren recursos de la población a gobiernos ineficientes o corruptos en lugar de usarlos para educación o infraestructura. Pero esa es otra historia.

Ok, Trump encontró a sus clientes en los Homero Simpson que solo consiguen empleos mal pagados y les contó la mentira de que Estados Unidos estaba peor que los mundos de Mad Max o de Blade Runner y que los otros, los extranjeros, les estaban robando sus empleos y que por eso ellos tenían que conformarse con trabajar en Walmart o limpiando pisos en el McDonald’s o en alguna sala de conciertos.

Las medidas de Trump, para llevar inversiones a Estados Unidos y para reservar los empleos para los estadounidenses, van a tener una gran parte artificial: la reducción de impuestos para las empresas y el gasto en infraestructura. Eso va a servir para impulsar la economía estadounidense en el corto plazo. Porque esas medidas se traducen en mayor déficit del gobierno y eso se paga con deuda. O sea que muchas de sus medidas están agarradas con alfileres. Y en el largo plazo, dentro de unos 8 años, van a causar un problema de recesión. Mientras tanto ellos, los estadounidenses, van a vivir una fiesta y nosotros nos vamos a quedar viéndolos por arribita de su cochina muralla.

¿Cuál va a ser tu estrategia para defenderte? Ya sabes que si no puedes vencerlos, hay que unirse a ellos. No, no te vas a ir a vivir a la torre Trump para unirte con tan horrendo señor. Pero, por lo pronto, para conservar y defender el valor de tus ahorros y, espero que las tengas, de tus inversiones financieras, tendrías que conocer las muchas opciones para diversificarte que sí existen desde México.

Porque ahorita, en tu desesperación, crees que estás atrapado en tus pesos mexicanos, que se están devaluando y en lo que le va a pasar a nuestro pobre país, con tan malos deseos del presidente de aquel lado y con tan malos líderes en este.

Si tienes Facebook tal vez ya le diste like a esas propuestas de boicotear a los gringos y comprar solo lo mexicano, para que nuestros vecinos que votaron por Trump aprendan de una vez a tratarnos con respeto. Bueno, si esa es tu idea de patriotismo, o si crees que el patriotismo es la respuesta. Aunque a mí se me hace que la respuesta tendría que ver más con solidarizarnos con los que van a salir de verdad afectados, que con hacerse los enojados y darle like a un comentario en Facebook desde una computadora con marca de Estados Unidos o de China o difundir un mensaje en Whatsapp contra los masiosares extraños enemigos.

Te decía que en tu desesperación crees que estás atrapado en pesos mexicanos y en ahorros bajo el colchón. Pues no estás atrapado. Ya, enjuga esas lágrimas, deja de darle like a las propuestas de envolverse en la bandera y prepara tu plan de acción, que tiene que ver con…

Tener tu ahorro en diferentes monedas. Seguro te estás preguntando si debes comprar dólares. Porque si hubieras comprado antes de que se supiera que el gobierno mexicano se estaba endeudando como loco porque no puede dejar de gastar (en cosas como reponer el dinero que se roban los gobernadores), digamos en enero de 2016, o antes de las elecciones en Estados Unidos, en noviembre de 2016, habrías pagado 17.35 pesos por dólar en enero o 18.50 en noviembre. Con el dólar a 21.72 as we speak (o sea en enero de 2017), si no compraste dólares en esos momentos, te perdiste la oportunidad de aumentar tus ahorros en 25 o en 17%, según el momento.

Y entonces la pregunta de los 22 pesos: ¿Debo comprar dólares? Todo lo que le ha pasado al peso ha sido por el pesimismo provocado por las amenazas de Trump y las realidades del manejo de la política económica de México. Se supone que todo el pesimismo ya se dio y que las cosas no se van a poner mucho peores durante la presidencia de Trump. Como ni tú ni yo somos adivinos, supongo que habrá que aplicar la técnica “A Dios rogando y con el mazo dando”, que significa que esperemos que ya no se ponga peor, pero que también nos cubramos con un poquito de dólares y de otras monedas en nuestras inversiones. ¿Cómo hacerle? No vas a poner los dólares en el cajón de los calcetines porque pueden desaparecer. Para que estén más seguros, podrías tenerlos en una cuenta en un banco, si vives en la franja fronteriza (ahí sí se puede) pero te advierto que te van a cobrar comisiones y no te van a dar ni un centavo de rendimiento.

También puedes invertir en fondos en dólares. Por ejemplo, en Actinver te ofrecen fondos en dólares. Puedes entrar con un mínimo de 200,000 pesos. Tienen un fondo, el Acticob, que se llama así porque es para “cobertura” de los riesgos de depreciación del peso, que además da alguito de rendimiento. En 12 meses, hasta diciembre había dado un rendimiento de 0.08% en dólares, o sea casi nada, pero eso significó una ganancia medido en pesos.
También te ofrecen un fondo que invierte en la Bolsa de Valores de Estados Unidos, así que además de tener tu inversión en dólares, puedes ganar con la bolsa estadounidense.

El plan de acción también tiene que ver con estar bien diversificado. O sea que no dejes todos tus ahorros e inversiones en una sola cosa. Para que te diversifiques necesitas entrar a algún fondo de inversión. Lo que hacen es juntar el dinero de mucha gente para poder comprar papeles diferentes: acciones de México y acciones de Estados Unidos y de otros países, deuda de empresas y de diferentes gobiernos. Suena como que eso solo lo pueden hacer los súper ricos y algo hay de eso. Hay versiones de fondos de inversión en los que puedes entrar desde los 100,000 pesos, con una distribuidora de fondos como Fóndika. En los bancos también te ofrecen fondos de inversión, pero te piden una inversión mínima mucho más grande y con el pretexto de que te están protegiendo, solo te ofrecen instrumentos con bajo riesgo y bajos rendimientos.

Para que termines de completar tu plan de acción para enfrentar los malos tiempos que le esperan a México con Donald Trump, también necesitarías algo de tus ahorros que puedas retirar en cualquier momento y que no varíen mucho pero que sí conserven su valor. Y si no tienes los 100,000 o 200,000 pesos que te piden para los fondos de inversión, puedes empezar con poco dinero en cetesdirecto.com. Ahí puedes comprar algunos papeles de deuda del gobierno mexicano, que te pueden dar un poco de rendimiento por arriba de la inflación general.

A la mejor no tienes tantos instrumentos para invertir como los súper ricos, pero por lo pronto puedes proteger tus inversiones si te diversificas un poquito más. Así vas a tener más tranquilidad para darle like a lo que quieras en Facebook.

¿No pasa todo demasiado rápido?

¿Han ido con un perro al bosque? No estoy diciendo que vayan a cazar osos o alces a las montañas Rocallosas o que se metan al Valle del Narco en medio de la noche. Basta con que se den una vuelta por el Ajusco, los Dinamos o aunque sea un parque de perros como el que está en el Metropolitano de Guadalajara.

El chiste es que vean al perro correr sin correa y sin peligro de que vaya a tirar a algún niño de dos años que pasea por su propio parque. El niño, eso sí, tiene todo el derecho, aunque a veces los dueños de perros no lo queremos creer.

Parque Metropolitano de Guadalajara
Rita en el Parque Metropolitano de Guadalajara

En fin, que el perro va sin correa, se adelanta, y corre atrás de todos los movimientos y todos los olores que puede haber ocultos en un bosque, o en un parque fresa, pues, y de pronto todo se vuelve salvaje de nuevo. En ese bosque de los Dinamos, siguiendo a Rita, una vez perdí a una bruja, porque dejé de pensar en la grilla de la oficina, y por fin, por primera vez en un mes, me liberé de las brujerías, todo porque Rita corría detrás o delante de su amiga Uma o brincaba en el río Magdalena, convirtiéndolo de nuevo en un lugar natural y eso era lo único que importaba, durante las dos horas que estuvimos ahí.

Rita se llenó de recuerdos de su paseo por los Dinamos, que le duraron como dos días, hasta que encontramos el último de los huizapoles o cardos o como se llamen. Y nosotros nos llenamos de recuerdos para siempre, como el de ese verso de Mary Oliver a su perro, que se adelanta y regresa y corre y desaparece un momento pero está siempre ahí, hasta que no está.

Sombra y Nube, las que están en la foto, también convirtieron un bosque de la ciudad en un bosque auténtico cuando las llevamos a correr, hace un siglo, al Ajusco. Nube nunca podía despegarse de la bicicleta. ¿A cuánto puede ir la bicicleta de Silvia? Digamos que a 14, 20 kilómetros por hora. Nube, con sus patitas de centímetros ahí sigue. ¿Llegaremos hasta la Cima, más allá de las quesadillas? Nube ahí sigue. Sombra, haciendo honor a su nombre, aparece después, 20 minutos después, con la cola como vela de barco. Nube ya va más adelante.

Ese paseo fue el día de los perros. ¿Se acuerdan que cuando éramos niños, cuando jugábamos con un perro nos imaginábamos que el perro era un niño más? Ahora, ya grandísimos como estamos, cuando jugamos con los perros, nos imaginamos que nosotros somos un niño más.

Por eso un perro nos hace sentir tan acompañados y, como le acaba de hacer Nube, nos puede dejar tan solos.

O como dice Mary Oliver, de quien es ese verso “¿No pasa todo demasiado rápido?“:

A dog comes to you and lives with you in your own house, but you

do not therefore own her, as yo do not own the rain, or the

trees, or the laws which pertain to them.

A dog can never tell you what she knows from the

smells of the world, but you know, watching her, that you know

almost nothing.

She roved ahead of me through the fields, yet would come back

or wait for me, or be somewhere.

Now she is buried under the pines.

Nor will I argue it, or pray for anything but modesty, and not to be angry.

Y ahora a vivir en el Apocalipsis zombi de la economía

Bien inocente, voy a preguntarle a un financiero qué podemos hacer con nuestros ahorros y nuestras inversiones los buenos ciudadanos ahora que ganó Trump en Estados Unidos. Me dio unas ideas buenísimas, que voy a poder usar para un artículo en una revista de negocios, pero me prohibió que lo citara en lo que me dijo en la mayor parte de la entrevista: que ya nos cargó el pintor, nos llevó la tía de las muchachas y que si Trump aplica 30% de lo que prometió que le va a aplicar a México vamos a entrar en una recesión como la de 1982 que, créanme millennials, es la culpable de que todos los mayores sintamos que nunca vamos a salir del hoyo.

Le pregunto a mi fuente: ¿Y por qué no debería decir que don Señor Sabe de Finanzas, de la Financiera Tan Seria SA siente que ya estamos en pleno Apocalipsis zombi? Porque ya no hay nada que hacer para proteger nuestros ahorros y nuestras inversiones: todo va a caer en términos de dólares. Ya. No. Hay. Nada. Que. Hacer. Y me dice que sería como avisarle a una familia que le va a caer una bomba atómica a su casa cuando no hay ningún lado para correr. Mejor que se queden disfrutando un rato más sus tlacoyos con frijoles.

¿Le echamos leña al fuego de tu pesimismo? Desde el 8 de noviembre, cuando todos nos fuimos a dormir con el miedo de que Freddy Krueger iba a ser el presidente electo de nuestro principal mercado, nuestra principal fuente de divisas, el empleador de gran parte de nuestra mejor fuerza de trabajo, de nuestro lugar favorito para comprar y nuestro villano favorito de siempre, desde el 8 de noviembre, cuando tuvimos la pesadilla de tener a Orange Krueger como presidente electo de Estados Unidos, hasta el 23 de noviembre, la Bolsa Mexicana perdió 17% en términos de dólares. ¿Se imaginan? Si antes de Trump tenían el equivalente a un dólar metido en la Bolsa, para el 23 de noviembre les quedaban 83 centavos de dólar.
Antes de que salgan a correr desnudos por las calles, o que se encierren en una cabaña para que no los alcancen los zombies, les advierto que estoy hablando de un indicador que trae acciones de varias empresas mexicanas y que sirve para medir el desempeño de la Bolsa en términos de dólares. Si quieres ver cómo se mueve es el EWW y puedes picarle aquí.

Es solo un indicador, no todo lo que está en la Bolsa Mexicana bajó de valor, o por lo menos no todo bajó tanto. Aunque, mmmh, algunas cosas bajaron todavía más. Porque Trump está amenazando con subir los impuestos a productos hechos en México por empresas estadounidenses y también con cambiar muchos de los términos del Tratado de Libre Comercio, para que ya no podamos venderles tanto a ellos. Eso le va a pegar al valor en la Bolsa de muchas empresas mexicanas.

¿Verdad que no va a cumplir todas sus amenazas? Sigo de inocente preguntándole al financiero entrevistado. Pues no hay que ser tan optimistas. Trump necesitaba un puerquito para pegarle y quedar como el bully mayor del patio de la escuela. Y no se iba a poner con uno que pudiera contestarle, así que escogió al que tiene cerca, al más mocoso, con peor autoestima y al que también le pegan en su casa. ¿Cuál será? Al niño México… lo esperan en el patio de la escuela.

¿Tenemos una solución? Por lo pronto, hay que ponernos a leer un libro que es gringo y por eso le pido perdón a todos los que están dispuestos a boicotear a todos los productos gringos, que habla de cómo cuando te cambian todas las condiciones de repente te puedes volver más creativo. No quiero echarles a perder el cuento, pero habla de una promotora de conciertos que a sus 17 años había logrado contratar a Keith Jarret, ya tenía la sala de conciertos llena a reventar cuando, unos minutos antes, Keith Jarret sale a revisar el piano y descubre que no funciona… así que…

¿Qué vamos a hacer nosotros ahora que estamos descubriendo que nuestro piano o nuestros planes no funcionan como deberían? Según el libro, Messy, de Tim Hartford, este tipo de momentos en que todo se pone patas arriba es el que sirve para encontrar un nuevo camino, que lo más probable es que es mejor que el que ya teníamos. Pero ya hay que ponernos a buscarlo, ¿no? El camino, no nada más el libro. 

Aquí hay una reseña del New York Times sobre Messy.

Por qué crees que los ricos son malos

¿Por qué en las películas la gente que tiene dinero, con excepción de Bruce Wayne, es mala mala? Entre los peores malos siempre hay algún productor de Hollywood que vive en una casa increíble inhalando todo lo inhalable, mientras sus amigos están en una alberca con vista a Mulholland Drive, en Los Ángeles. Son ricos y malos y el mensaje es que no hay que ser como ellos pero cómo se nos antoja.

Como somos buena gente, nos quedamos en odiarlos, porque nunca vamos a ser como ellos y porque el dinero es malo muy malo. Algún filósofo diría que esa ideología nos la están presentando para que ni se ocurra aspirar a ser ricos y mejor que nos quedemos esperando la justicia en otra vida. 

Ya parezco tía con mis referencias pero voy a poner un ejemplo de una película donde el dinero corrompe y el amor salva. Es la viejísima Pretty Woman, de cuando Julia Roberts tenía la edad que ahora tiene Yuya (y no gritaba “guapuras”). Es película de tu tía, pero seguro ya sabes que se trata de la Cenicienta y cómo el príncipe azul viene a salvarla, ya no de la madrastra pero sí de la prostitución en Hollywood Boulevard.

El príncipe azul es muy rico y todas las tías aman esa frase que le suelta a un vendedor de una tienda de ropa de lujo en Rodeo Drive: “venimos a gastar cantidades obscenas de dinero” y, claro, hay que explicar de dónde viene el dinero. Resulta que el príncipe azul es un desalmado dueño de un fondo de capital, de esos que se dedican a exprimir las compañías, a recortar personal y a eliminar gastos, para después vender esas compañías más caras de lo que las compraron. Su dinero va a rescatar a la Pretty Woman, pero solo el amor lo va a rescatar a él.

Pretty Woman fue un anunciote para las marcas de ropa de lujo. Creo que antes de esa película, los gringos solo conocían la ropa de Gap y nosotros cruzábamos la frontera felices con tal de comprar en JC Penney. Poco después de eso, las marcas europeas de a 200 dólares la playera se volvieron conocidas y la avenida Masaryk en México se convirtió en nuestra Rodeo Drive y ahí íbamos a todos a comprarnos cualquier cosa con iniciales.

¿Y qué hay de la maldad de los ricos? No hay mucho de qué preocuparse. Está muy difícil convertirse en uno de ellos. Hace unos dos años, se puso súper de moda el libro-ladrillo Capital, de Thomas Piketty, que nadie leímos pero que nos dejó claro, con estadísticas de la recaudación de impuestos de Francia desde el siglo XIX, que los ricos siempre son los mismos y que los dueños del capital se encargan de súper pagarse a ellos mismos, de manera que la riqueza sigue concentrada en unos cuantos. Entonces, como ya no vamos a ser ricos, ¿hay que gastar y gastar no se nos vaya a acumular?

Porque el galán de Pretty Woman era malo a la hora de ganarse el dinero, no a la hora de gastarlo.

Estaba a punto de soltar mi moraleja, de que la clase media se uniera y pensara en acumular un poquito, además de gastar pero ya me dio flojera. De todos modos, cuando vemos la Cenicienta y nos ponemos felices de que el príncipe azul la rescata de sus hermanastras malvadas no creemos que lo único que hay que hacer en la vida para salir del hoyo es ir al baile en el palacio.

Y cuando vemos que los malos de las películas son los ricos, no pensamos que hay que ir a vaciar nuestra cuenta de banco y que la moraleja es que debemos acabar con toda ambición. ¿Verdad que no?

Qué hacer si te quedas sin trabajo (es peor que quedarse sin wifi)

Alguna vez hay que renunciar. O alguna vez te corren. O todo junto. Los trabajadores mexicanos pasan en su empleo en promedio 3 años y luego se tienen que ir, según una encuesta del Inegi.
En los últimos cinco años, solo la mitad de los trabajadores mexicanos se ha quedado en un mismo empleo, la quinta parte ha tenido dos y la décima parte, tres empleos. Ya te imaginas que muchos de los que se quedan sin chamba, se tardan en encontrar otro trabajo. Y que eso significa que se quedan sin seguridad social, sin seguro de gastos médicos y sin ahorro para el retiro. Y aunque después encuentren trabajo o abran su empresa, puede ser que estén sentados en una bomba de tiempo: El empleo en el que están no les alcanza para asegurar su futuro porque con tal de emplearse o ganar dinero, se les olvida que tienen que estar en un lugar con seguridad social y con ahorro para el retiro. Si ya vas a cambiar de chamba, fíjate en esto.

¡Alto! Antes de largarte
Revisa el seguro de gastos médicos. Algunas empresas lo dan, pero en cuanto te dicen adiós, pierdes la antigüedad. Si tienes pensado dar un rebozazo porque alguien te vio feo en el trabajo, ¡no lo hagas! Pero si tu salida es por alguna razón un poco más inteligente o ya no tienes remedio, antes de cruzar la puerta de salida tienes que individualizar tu seguro de gastos médicos. Si no lo haces, al rato no te van a querer cubrir por un montón de enfermedades y/o te van a cobrar más caro. Para individualizar el seguro, pídeles a los de recursos humanos el contacto del agente de seguros. Y al agente de seguros pídele que te individualice tu seguro. Te van a cobrar un poquito pero el seguro ya va a ser tuyo y vas a acumular antigüedad con él.

Para que busques chamba
Deja de rogar. ¿Nunca te quedaste sin novia? Los rogones tienen menos suerte. Para volver a entrar a un trabajo, se supone que debes saber muy bien quién eres, para qué eres bueno y, sobre todo, qué te gusta hacer. Hay una guía para entender el mercado laboral y que hay que leer, tengas o no trabajo: De qué color es tu paracaídas. Aquí en México se publica de vez en cuando, y en Estados Unidos sale una nueva edición cada año. Además de que está divertida, está llena de información y consejos útiles. En el blog del autor, Dick Bolles, viene esta tabla para que cambies el chip de la manera en que buscas trabajo. Aquí te va mi versión en español.

El modelo tradicional El modelo del paracaídas
Qué buscas Un trabajo. El trabajo de tus sueños, uno en el que uses tus habilidades favoritas y tus campos favoritos de conocimiento.
Cómo te ves a ti mismo Como alguien que ruega por un trabajo. Tienes suerte si lo consigues. Como un recurso. Tendrán suerte si te tienen.
Tu plan básico Encontrar la manera de “venderte” a ti mismo antes de salir a buscar trabajo. Encontrar qué tipo de trabajo te mueres por hacer antes de salir a buscarlo.
Tu preparación Investigas para ver qué está buscando el mercado de trabajo y cuáles son los trabajos más demandados ahora. Tu mejor arma es tu habilidad para encajar. Haces tarea sobre ti mismo, para darte cuenta qué haces mejor y que amas hacer. Tu mejor arma e tu entusiasmo.
Cómo encuentras a cuáles empleadores acercarte Esperas que identifiquen que tienen una vacante. Por medio de entrevistas de información te enteras de qué organizaciones pueden tener más interés en ti.
Cómo te pones en contacto con los empleadores. Les mandas tu CV. Por medio de una persona intermedia, alguien que te conoce a ti y que los conoce a ellos. O por medio de Linkedin.
Cuál es el propósito de tu CV Para venderles por qué deberían contratarte. Para tener una primera entrevista con ellos.
Cuál es tu principal meta si tienes una entrevista Para venderles por qué deberían contratarte. Para tener otra entrevista.
De qué hablas en la entrevista De ti, de tus fortalezas y tu experiencia. 50% del tiempo dejas que ellos hagan preguntas, 50% del tiempo les preguntas sobre las cosas que quieres saber y del trabajo.
Qué tratas de encontrar ¿Me quieren? ¿Los quiero? (y también ¿me quieren?
Cómo terminas la entrevista final Les preguntas: “¿Cuándo puedo esperar a tener noticias suyas?” (dejas las cosas en el aire). Si decides que quieres trabajar ahí, les dices: “Creo que puedo ser un buen activo para ustedes. Después de todo lo que hemos hablado, ¿me podrían ofrecer este trabajo?” (estás buscando un cierre).
Qué hacer cuándo consigues el trabajo pero antes de empezar. Mandas un correo de agradecimiento. Después piensas que y terminaste, te sientas, te relajas y disfrutas el final exitoso de tu búsqueda de empleo. Mandas un correo de agradecimiento. Entonces sigues, discretamente, con tu búsqueda de trabajo (la oferta se puede caer antes de que empieces por circunstancias no previstas).

Y cuando encuentres trabajo.
Que ese trabajo nuevo cotice en el seguro social. A la mejor se te hace que no influye mucho, pero tu pensión cuando te jubiles depende del número de semanas que cotizaste en algún sistema de seguridad social. Antes de que se hiciera la reforma en el sistema de pensiones en México, se necesitaba un mínimo de 500 semanas. Para todos los que trabajan desde antes de julio de 1997, todavía aplica ese mínimo. Pero ese mínimo te da un pequeño porcentaje de la pensión. Si empezaste a trabajar después de julio de 1997, vas a necesitar 1,250 semanas de cotización para tener una pensión. Lo ideal es que cotices al seguro el 100% del tiempo en que trabajas. La verdad es que eso no le pasa a nadie. Si empezaste a trabajar a los 20 años, necesitas cotizar en el seguro cuando menos 53% del tiempo en que estuviste empleado. Pero si empezaste a los 35, necesitas cotizar ¡80%! así que no te andes confiando en tus ratos de freelance porque te puedes quedar sin pensión. Mira esto para que planees bien tu retiro.

¿De veras te animas a renunciar?

La renuncia es como una pistola: la sacas solo si estás dispuesto a usarla. Eso le dijo un jefe comprensivo a una amiga, que andaba en pleno berrinche. Porque ¿a poco a veces, a la menor provocación, no te dan ganas de gritar “¡renuncio!”? ¿O de hacer un pancho como el de esa película noventera, Jerry Maguire, que creía que el mundo se iba a paralizar si lo dejaban ir de su chamba?

¿Nunca te has quedado sin empleo? Puede ser porque renuncies o porque te dejen ir, pero de pronto el mundo cambia. Estuve preguntando entre varios colegas, y casi todos tienen anécdotas, porque por alguna razón los periodistas andan brincando de un trabajo a otro a lo largo de su vida. Había una que estaba convencida de que esa noche, el programa de noticias de Jacobo Zabludovsky, el más importante de México en ese entonces, ya no iba a salir al aire porque ella había renunciado a su puesto de ayudante de producción. O la diseñadora que, cansada de que su jefe le pusiera unas regañadas espantosas enfrente de los clientes, le pidió que por favor ya no le diera ese tipo de feedback, que sería más productivo tener claro qué se esperaba de ella en lugar de recibir gritos del tipo “por qué hiciste eso tan feo, ¿qué estabas pensando?”. El jefe le dijo que sí, pero a los tres días le salió con que “le habían aconsejado que la despidiera”.

O el diseñador que sospecha que sus jefes pensaban que era demasiado moreno para trabajar en una revista de sociales o la reportera a la que le avisaron que iban a recortar su puesto pero que como ella estaba “re chula” a la mejor si hablaba con el jefe cambiaban de opinión. A ninguno de estos tres últimos se le ocurrió demandar. ¿Se podría?

En la historia y la literatura hay relatos épicos de gente que se quedó sin chamba. Napoleón en el exilio, reyes depuestos, sultanes que perdieron un gran territorio. ¿Te quedaste sin trabajo y vas llorando a tu casa esperando que te tengan lástima? Ajá. Eso no fue lo que le pasó a Boadbil, el que dicen que se puso súper triste en una colina a suspirar por haber perdido Granada. Seguro ya te sabes la historia pero el caso es que cuando Boadbil vio la Alhambra, que acababa de entregar a los Reyes Católicos lloró y lloró y su mamá le dijo: “lloras como mujer lo que no supiste defender como hombre”. La equidad de género de ahora encontrará otra manera de decirlo pero ¡qué fuerte!, como dicen los españoles que se quedaron a vivir por ahí.

En Constantinopla le pasó algo muy parecido al emperador Justiniano. Hubo una rebelión del partido de los verdes, un grupo de opositores que apoyaba al equipo verde en el hipódromo. A Justiniano le pareció que no podía pelear para defender su trono y mandó preparar los barcos y lo más que podía llevarse. ¿Cómo? ¿Nos vamos a ir así nomás? Le dijo Teodora, la esposa, cuando Justiniano ya casi tenía un pie en un barco en el Bósforo. Pues no me parece, se soltó, porque prefiero morir como emperatriz que vivir como refugiada y como dicen los antiguos (en aquel entonces ya había antiguos), un trono es el mejor sepulcro. Así que Justiniano se quedó a defender su imperio y le fue tan bien que después de eso todavía mandó construir la maravilla que es Hagia Sofia, esa iglesia cristiana que se convertiría en mezquita y ahora en un espectacular museo. Y como todavía tenía un tiempito organizó nada menos que el derecho romano.

No hizo lo mismo Demetrio el rey de Macedonia, destronado por Pirro en 287 a.c. Según el poema de Kavafis, cuando vio que ya no tenía apoyo de su pueblo, se quitó la ropa de rey y se disfrazó de civil común y corriente. Supongo que hay trabajos de los que no se vale renunciar. “El rey Demetrio… no se comportó con talante de rey… Comportándose como un actor que cuando el telón cae, cambia sus vestiduras y hace mutis”.

Y ya que hablamos de pérdidas, corran a leer el poema de Elizabeth Bishop sobre el arte de perder. En pocas palabras dice que es bien fácil aprender a perder, porque hay un montón de cosas a las que les encanta perderse. Las llaves, las tarjetas, de vez en cuando una hora que se va a lo tonto. Luego uno puede seguir practicando ese arte de perder, perdiendo nombres, lugares y hasta la idea de a dónde íbamos. Y nada de eso es un desastre. Y entonces, como sigue Elizabeth Bishop uno pierde dos ciudades, algunos reinados que tenía, dos ríos, un continente… “Los extraño, pero no es un desastre”.

Y vean a Cameron Díaz, en el papel de una disléxica que de pronto entiende el valor de la poesía, leyendo el poema de Elizabeth Bishop en esta súper cursi película y lloren.

Fuente: Sobre Justiniano: Constantinopla de Isaac Asimov.