Creo que mi perro me secuestró

“Estaba deprimido, pero mi perro no me dejaba darme cuenta”, me contó un amigo el otro día.
¿Cómo? Entonces ¿Los perros no curan la depresión?

Porque llegas todas las noches cansado del trabajo… y el perro está ahí para moverte la cola.
Llegas el martes, cansado del trabajo y de los gritos del jefe, y el perro te mueve la cola.
El miércoles, el jueves, el viernes: El trabajo está cada vez peor y el perro te mueve la cola.

El lunes… te despiden del trabajo. Llegas más temprano. Y el perro te mueve la cola.

En las mañanas paseas al perro. Y todos los días prefieres hablar del perro que estar aburriendo a la gente con lo que crees que está pasando en tu trabajo o con lo que crees que pasó y por qué ahora ya no tienes el trabajo que tenías. Entonces, las pláticas van así:

Perro en casa
Rita cuando se entera de que voy a trabajar a una oficina.

Día uno. Hoy el perro jugó con Tao.
Día dos. Hoy el perro no quiso caminar por la grava.
Día tres. Hoy el perro regresó enlodado.
Día cuatro. Hoy el perro se peleó con otro.

Hay algunas variaciones:
Día x. Hay un perro nuevo en el parque, le pusimos Lindbergh, porque así se llama el foro. Es como el perro del barrio.
Día x. Por cierto, leí el libro de What is a Dog y parece que los perros no vienen directo de los lobos.
Día x. Con permiso, mejor voy a jugar con mi perro, deberías ver qué chistoso hace las orejas para atrás cuando lo persigues.

La cosa se pone peor.
Hoy no voy al gimnasio porque el perro se quedaría solo toda la tarde.
Aproveché que llevé al perro a que le cortaran el pelo para ir a tomar un café.
No puedo ir a tomar café con mi amiga porque ya es hora de que el perro coma.

Pero es que el perro te pone una sonrisa en la cara, cuando te mueve la cola o te acerca un juguete o te dice Let’s go, como los perros de los poemas de Mary Oliver. Y cuando sonríes, crees que no estás deprimido.

A la mejor, el perro te podría ayudar a que te diagnosticaran la depresión. Porque todas estas situaciones podrían ser síntomas:
No hay nada más divertido que el perro.
Con él no hay conflictos, o los conflictos se resuelven pronto: me ladra cuando vamos de regreso a la casa y yo lo ignoro un ratito hasta que se calma y seguimos tan amigos como siempre.
Buscar clientes me estresa, mejor me quedo con el perro.
No sé qué proponerle al cliente, tal vez jugar con el perro me ayude.
No me voy a poner traje hoy porque se me va a ensuciar, mejor sigo de shorts y chanclas.

Me encontré una serie de preguntas para saber si uno está deprimido y creo que le puedo poner palomita a muchas de ellas:

  • ¿Evitas ver a tus amigos o a tu familia? (sí, porque si no, ¿a qué horas paseo al perro?)
  • ¿Has dejado de realizar actividades que te gustan, como practicar deportes, ir al cine o salir a cenar? (obviamente: ni modo que deje de ver a mi perro en el parque por jugar basquet o ¿hay cines pet friendly?)
  • ¿Has dejado de cuidarte a ti mismo, no comiendo adecuadamente o descuidando tu higiene personal? (No tanto como dejar de comer, pero ¿para qué me baño y me arreglo si bastan los shorts para ir a pasear al perro?)
  • ¿Has dejado de esforzarte por hacer las cosas bien en la escuela o el trabajo? (es que no tengo tiempo, hay que pasearlo)
  • ¿Has perdido el interés en tu relación? (es que con mi perro no hay discusiones)

Y así sucesivamente.

El perro me está distrayendo. Y me está ayudando a escapar y evitar los problemas. “La conducta depresiva con frecuencia está relacionada con escapar y evitar”, dice Richard Wiseman en el libro As If Principle, de donde vienen las preguntas del párrafo anterior. “Cuando algunas personas se topan con un evento negativo, como ser despedidos o la ruptura de una relación, se alejan del mundo para evitar más dolor en el futuro. Ese alejamiento puede tomar muchas formas, incluidas pasar mucho tiempo en la cama, evitar los amigos, comer para tranquilizarse o tomar mucho”. O estar con un perro, que te distrae, no te contradice demasiado y te acompaña a donde digas.

Bueno, el perro hace que me levante de la cama y hasta me ha presentado a nuevos amigos. Gracias a mi perro me di cuenta de que la dueña de Zeus canta padrísimo, los de Obelix son unos tipazos y de que  la dueña de Uma hace mucho que no va al parque. Esas pequeñas distracciones son las que me hacen sospechar que me tiene secuestrado. Prefiero jugar con él que escribir un texto sobre la reforma fiscal.

Por cierto, para seguir con mi tema de conversación, hoy llevé al perro a que aprendiera nuevos trucos. Dicen que eso los motiva y los agota tanto como correr en el bosque. Me imagino que mientras aprenden o corren y brincan en el bosque están en un estado de flow, ese que se da cuando no pensamos en otra cosa más que en lo que estamos haciendo y nos sentimos realizados. Lo dice el psicólogo de nombre impronunciable Mihaly Csikzenthmihalyi, aunque ya lo había dicho muchísimo antes el filósofo y matemático Pascal:

“El único bien de los hombres consiste en que se les divierta de pensar en su condición, bien por medio de una ocupación que les aleje de ese pensamiento, bien por algún sentimiento agradable y nuevo que les ocupe o por el juego… y por eso que llamamos diversión”.


A la mejor mi perro sí me tiene secuestrado: me está dando la ilusión de felicidad y un pretexto para no enfrentar los conflictos. Me da un lugar cómodo para estar, con ella recargada en mí, y con eso dejo de enfrentarme al futuro.

Otra vez lo que dice Wiseman: La persona deprimida puede tratar de evitar pensar en eventos futuros. “Y en lugar de eso, por ejemplo, se queda rumiando el pasado (si tan solo las cosas hubieran sido diferentes) o  viendo telenovelas o programas de concursos en la televisión” y lo vuelvo a añadir yo: viendo cómo el perro interactúa con otros y cómo duerme o cómo come.  O sea, me da un lugar cómodo para estar rumiando y hacer dramas.

Y ahora, a la mejor sin quererlo me topé con algo. Que mi perro, AKA Rita, también me está enseñando cómo podría salir de esa catatonía en la que me estoy metiendo. ¿Qué tal si le copio y salgo a los juegos que nos ponemos los humanos, o sea, las juntas en oficinas, los cafés, el trabajo, una escuela o un curso…, para aprender nuevas cosas?

Porque sí, a la mejor estoy sonriendo porque paseo a mi perro, pero al mismo tiempo estoy en shorts todo el día, casi como el Dude de The Big Lebowski. Es que tengo que andar así para poder pasear al perro en cuanto sea necesario y siempre es necesario, porque es más divertido eso que esforzarme por buscar clientes o nuevos trabajos.

Dicen los psicólogos que lo contrario de depresión no es alegría, sino vitalidad. Y sí, Rita me ha hecho sonreír mucho pero también me ha puesto el escenario para que no salga a enfrentarme el mundo. Ya saben, bajo el eslogan del deprimido: “Mientras más conozco a la gente, más quiero a mi perro”.

Pero basta de acusar a Rita. Ahora, con su ejemplo, cuando se sube a los juegos a la voz de “sube” o brinca un obstáculo a la voz de “brinca” me está diciendo que está bien, que es hora de que yo también salga a la calle, con mis amigos, o con nuevos compañeros de trabajo, a aprender nuevos trucos. Veredicto: el perro no me tiene secuestrado, porque me está enseñando por dónde está la salida.

Y hasta aquí llego, porque es hora de pasear al perro… después de que fui a trabajar toda la tarde acompañado de otros seres humanos.

¿No pasa todo demasiado rápido?

¿Han ido con un perro al bosque? No estoy diciendo que vayan a cazar osos o alces a las montañas Rocallosas o que se metan al Valle del Narco en medio de la noche. Basta con que se den una vuelta por el Ajusco, los Dinamos o aunque sea un parque de perros como el que está en el Metropolitano de Guadalajara.

El chiste es que vean al perro correr sin correa y sin peligro de que vaya a tirar a algún niño de dos años que pasea por su propio parque. El niño, eso sí, tiene todo el derecho, aunque a veces los dueños de perros no lo queremos creer.

Parque Metropolitano de Guadalajara
Rita en el Parque Metropolitano de Guadalajara

En fin, que el perro va sin correa, se adelanta, y corre atrás de todos los movimientos y todos los olores que puede haber ocultos en un bosque, o en un parque fresa, pues, y de pronto todo se vuelve salvaje de nuevo. En ese bosque de los Dinamos, siguiendo a Rita, una vez perdí a una bruja, porque dejé de pensar en la grilla de la oficina, y por fin, por primera vez en un mes, me liberé de las brujerías, todo porque Rita corría detrás o delante de su amiga Uma o brincaba en el río Magdalena, convirtiéndolo de nuevo en un lugar natural y eso era lo único que importaba, durante las dos horas que estuvimos ahí.

Rita se llenó de recuerdos de su paseo por los Dinamos, que le duraron como dos días, hasta que encontramos el último de los huizapoles o cardos o como se llamen. Y nosotros nos llenamos de recuerdos para siempre, como el de ese verso de Mary Oliver a su perro, que se adelanta y regresa y corre y desaparece un momento pero está siempre ahí, hasta que no está.

Sombra y Nube, las que están en la foto, también convirtieron un bosque de la ciudad en un bosque auténtico cuando las llevamos a correr, hace un siglo, al Ajusco. Nube nunca podía despegarse de la bicicleta. ¿A cuánto puede ir la bicicleta de Silvia? Digamos que a 14, 20 kilómetros por hora. Nube, con sus patitas de centímetros ahí sigue. ¿Llegaremos hasta la Cima, más allá de las quesadillas? Nube ahí sigue. Sombra, haciendo honor a su nombre, aparece después, 20 minutos después, con la cola como vela de barco. Nube ya va más adelante.

Ese paseo fue el día de los perros. ¿Se acuerdan que cuando éramos niños, cuando jugábamos con un perro nos imaginábamos que el perro era un niño más? Ahora, ya grandísimos como estamos, cuando jugamos con los perros, nos imaginamos que nosotros somos un niño más.

Por eso un perro nos hace sentir tan acompañados y, como le acaba de hacer Nube, nos puede dejar tan solos.

O como dice Mary Oliver, de quien es ese verso “¿No pasa todo demasiado rápido?“:

A dog comes to you and lives with you in your own house, but you

do not therefore own her, as yo do not own the rain, or the

trees, or the laws which pertain to them.

A dog can never tell you what she knows from the

smells of the world, but you know, watching her, that you know

almost nothing.

She roved ahead of me through the fields, yet would come back

or wait for me, or be somewhere.

Now she is buried under the pines.

Nor will I argue it, or pray for anything but modesty, and not to be angry.

¿Eres lobo o perro? Dime cuánto gastas en comer

Se supone que si quisieras tener más dinero, deberías levantarte más temprano. Para prepararte la comida, y así no salir a comer a un restaurante en donde vas a gastar un montón.

Imagínate, que te levantaras 20 minutos más temprano y en lugar de salir corriendo de tu casa, te prepararas lo que vas a comer a mediodía. Preparando la comida en la casa, gastarías, pon tú, 50 pesos en tu platillo, tomando en cuenta lo que te cuesta, más el gas, en lugar de ir a una fonda, en donde te cobrarían 150 pesos, o en un restaurante tipo Le Pain Quotidien, donde te avientas 250 o 300 pesos o, voy a decir algo absurdo, en el Morton’s, en el que estarías gastando unos 500 pesos.

Esos 20 minutos más de sueño te cuestan 100 pesos (si vas a la fonda), 200 o 250 si vas a Le Pain Quotidien o 450 en el Morton’s.

Pero, aquí te va por qué es absurdo comparar el Morton’s y otros lugares por el estilo, con lo que te cuesta prepararte la comida en casa.

¿Qué tal que necesites comer en el Morton’s? ¿Te imaginas qué harías si fueras un senador o un director de una empresa? ¿Qué te conviene más? ¿Sacar tu tupper para comer en tu escritorio porque hoy le vas a meter 200 pesos más a tu cuenta de ahorros para cuando te retires? O ¿comer con alguien que a la mejor te apoya en algún proyecto político o se convierte en tu cliente o te pone en contacto con alguien que deberías conocer?

¿Quién necesita comer en un súper restaurante? A la mejor lo necesitas más de lo que crees. Porque la hora de la comida es el mejor momento para cultivar las relaciones con otras personas. Your network is your net worth, dice Keith Ferrazzi en su libro Never Eat Alone, que ya te imaginarás que te recomienda que comas con más gente para tener más relaciones.

¿Tendrías que ir al Morton’s? Pues si estás en lo más alto de la cadena alimenticia, ahí tienes que ir. O sea que, en términos de la selva, al Morton’s van a comer los leones, los lobos y los tigres de la humanidad.
Pero, ¿tú eres un lobo? ¿o deberías ser como un perrito que come, muy contento, en su esquina, acompañado de su persona favorita a.k.a su dueño?

Está padre ser un lobo, porque los lobos tienen un tamaño impresionante, un pelo increíble que los hace ver todavía más grandes y a la hora de comer son mucho más dignos que muchos perritos, que ahí están, con sus pelitos con shampoo, viendo qué se les cae de la mesa a los amos. O está padre ser uno de esos que comen en el Morton’s, porque sus trajes son de lana virgen y están cortados a la medida y sus coches tienen más caballos de fuerza que carroza de Cenicienta.

Sí, los lobos son unos fregones, pero como especie son más ineficientes. O los que van al Morton’s, a la mejor son muy poderosos, pero necesitan todo un ecosistema para sobrevivir.

Es obvio que si se van a enfrentar un lobo y un perro adultos, el lobo lleva las de ganar. O hasta un lobo y un ser humano, armados cada uno con sus colmillos y sus patas. Como especie, es muy diferente. Los lobos no sobreviven tan fácil, por algo muy sencillo: son mucho más caros.
Los biólogos tienen una fórmula, bien fácil, para medir las posibilidades de sobrevivir de cualquier animal. Dicen que hay que comparar cuántas calorías consumen en la comida con cuántas calorías les tomó conseguir esa comida y sobrevivir hasta la hora de comer.

Para decidir si a ti te conviene comer como un lobo, en lo más alto de la cadena alimenticia, o como un perro, esperando tus croquetas, digo, tu quincena, tienes que comparar dos cosas:

– cuánto vas a gastar en esa comida con

– cuánto dinero vas a conseguir gracias a que comiste con alguien.

Claro, no vas a recuperar tu dinero en ese momento, ni siquiera esa misma tarde o ese mismo mes. Pero conocer más gente te va a dar más oportunidades de hacer negocio.

¿Listo para los números? Haciendo cuentas muy rápidas, algunos biólogos calculan que un cachorro de lobo necesita comer 2,500 calorías diarias para crecer sano y llegar a adulto, a los dos años de edad. Eso significa que necesita consumir 1.8 millones de calorías antes de ser capaz de cazar su propia comida. En cambio, un perro de un basurero de la ciudad de México necesita consumir 1,000 calorías diarias. Y está listo para conseguir su propia comida, hurgando entre las bolsas de basura, ¡a los 70 días de nacido! O sea que para valerse por sí mismo, sólo necesita 70,000 calorías. Y cada caloría que come un perro es más barata que la que come un lobo, porque no tiene que gastar energía en correr atrás de las presas y sólo tiene que esperar a que llegue el camión de la basura a tirar nutritiva comida.

El lobo-humano, ese que va al Morton’s, tiene un ejército de personas que lo atienden, necesita más terreno para vivir, más potencia en su coche. En fin, cuesta más. El perro tiene una vida más sencilla.

Hay entonces dos caminos. O te vuelves un lobo, y vas construyendo todo un ecosistema alrededor de ti, para poder comer, cuando menos una vez a la semana, en un elegante restaurante junto con alguien más, o te vuelves un perrito domesticado, comiendo siempre en el mismo plato.

Si te vas a poner como Scrooge, a contar cuánto gastas en las comidas, no vas a llegar a ser tan rico como Scrooge, el amargado del Cuento de Navidad. Por lo visto, si calculas con báscula cuánto te cuesta la comida, si comes en tu escritorio sin conocer a más gente, si llevas tu tupper y lo que dejas de gastar en el restaurante lo metes en una alcancía, no vas a multiplicar tu ingreso, porque vas a seguir, siempre, ganando lo mismo. Si bien te va, porque puede ser que te vuelvas invisible, y ese es uno de los peores golpes para tu carrera.

Saca las cuentas: ¿cuánto vas a gastar en esa comida y cuánto dinero vas a obtener después? O ¿cuánto estás sacrificando por comer solo?

Claro que aquí hay algunas trampas. La mayoría de los lobos que ves en esos restaurantes de lujo jamás pagan las comidas de su bolsa. Muchos pagan con el dinero de la empresa o de los contribuyentes, o de los dos. Ya te había dicho, necesitan un enorme ecosistema para poder sobrevivir así como están.

Pero, ¿qué tal que llegues a un buen punto medio? Que comas con gente en bonitos restaurantes, algunos días, porque solo si comes con alguien más vas a aumentar tus oportunidades de tener más trabajo y ventas, y que otros días tengas una comida más modesta. Así vas a ser un perro con algo de lobo. Y a la mejor te pasa como a Buck, el de El llamado de la selva, de Jack London que “sobrevivía triunfante en un entorno hostil en el que únicamente lo hacían los fuertes… Su astucia era la del lobo, una astucia salvaje; su inteligencia, la inteligencia del pastor escocés y el san bernardo; y esta conjunción, añadida a la experiencia adquirida en la más feroz de las escuelas, lo convertían en una criatura tan formidable como las que habitaban la selva”.

Fuentes. Sobre las calorías de los lobos y los perros: Coppinger, Raymond y Coppinger, Lorna. What is a Dog. The University of Chicago Press. Chicago, 2016. Sobre Never eat alone, vean este video:

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Por qué los perros son clasistas

Este post también podría llamarse: yo sé lo que quieres antes que tú, porque se trata de lo prejuiciosos que somos todos y qué ganaríamos si lo reconociéramos y lo solucionáramos.

Rita vigila la calle
Los perros son clasistas cuando sus dueños se lo transmiten.

Estamos todos en santa paz y, de repente, Rita, nuestro perro, sale de abajo de la mesa ladrándole como una furia al indigente que llegó a pedir dinero. Toda la terraza, todo el restaurante, toda la Condesa nos volteaba a ver. Esta vez nadie nos ayudó con la justificación, pero ya nos ha pasado otras veces, que los perros le ladran al primer harapiento que ven y alguien sale con:

— Es que los perros son clasistas

— Algo han de notar, ha de ser a lo que huelen esas personas.

Y la clave está en que digamos “esas personas”. Qué chistoso que presumamos muy orgullosos que nuestro perro aprendió de nosotros a ser sociable, que gracias a nosotros está atlético y que por eso es tan bueno para jugar. Pero eso sí, a él solito le salió la idea de discriminar y de ladrarle a los pobres que se acercan a nuestra mesa, nuestra casa, nuestra banqueta, nuestro espacio.

Rita es como hijo en Harvard. Cada vez que hace algo que nos preocupa, le hablamos a un ejército de etólogos, encabezados por la maravillosa Nallely y el amable Gabriel, que siempre nos dicen que los perros adivinan nuestros gestos y nuestras intenciones. Que hacemos un gesto que significa “siéntate”, se sientan. Que hacemos la rutina para prepararnos a ir a dormir, se van a su cama, que sonamos las llaves y agarramos la bolsitas y se pegan en la puerta de salida.  Entienden primero los gestos que las órdenes habladas. Porque para los perros es más fácil leer nuestro lenguaje corporal que entender el español.

Todo eso nos han explicado. Pero cuando el perro le ladra al intruso, que en realidad sí nos molesta en el parque o en el restaurante, es porque el perro quién sabe qué traumas tendrá de cuando no vivía con nosotros. Qué horrible podría ser que el perro estuviera leyendo nuestros gestos y nuestro lenguaje corporal de que no nos laten los intrusos y que por eso se pusiera a ladrar como Donald Trump a los mexicanos y a las mujeres en su cuenta de Twitter.

Porque, según nosotros, no somos prejuiciosos. ¿Seguro? Porque aquí entra esta investigadora, de nombre impronunciable, Mahzarin Banaji, que ha demostrado que somos más prejuiciosos de lo que creemos.

Junto con Anthony Greenwald, Banaji escribió el libro Blind Spot, en el que habla de que los que somos gente buena como yo, tenemos muchos más prejuicios y actitudes discriminatorias de las que quisiéramos. Pueden saber más sobre ellos en esta reseña de The Washington Post.  O en esta entrevista que le hizo Krista Tippet.

Hace siglos, en una revista de negocios, llegamos el director de arte y yo a enseñarle en una hojita la propuesta de portada a nuestro jefe. Queríamos poner a Rosario Marín, una mujer nacida en la ciudad de México, entonces secretaria del Tesoro de Estados Unidos. El jefe agarró la hojita, la arrugó y nos la aventó, sí, nos la aventó a la cara. “Este tipo de gente no es la que quieren ver nuestros lectores en la portada”.

Nosotros, en lugar de ir corriendo a la Conapred o a la CNDH, recogimos la hojita del suelo y nos fuimos, con la cola entre las patas, a trabajar otra propuesta. La verdad es que la foto estaba horrenda, en el back tenía una planta como del patio de mi casa es particular y la tesorera estaba vestida y peinada como la tía Chayito de Celaya en graduación y no como la primera persona no nacida en Estados Unidos que ocupaba el puesto del que firma los dólares. Y el fotógrafo, que era un flojonazo, y al que habíamos mandado a Washington a tomar esa foto, no nos había dado una opción b para restregársela en la cara al jefe.

En lugar de hacer una revolución, le seguimos dando nuestro trabajo a esa publicación que, en teoría, sabía exactamente lo que su target quería ver. El target era de gente que quiere comprar Audis y contratar choferes, no de personas preocupadas por alguien que llegó a Estados Unidos a los 14 años, sin hablar inglés y ya ustedes se saben el resto de la historia de éxito, estilo gringa, de nuestra Rosario. Y si no se la saben, aquí la cuenta Forbes. Nuestro prejuicio, o el de la publicación, es que a estos señores que leen sobre negocios no les interesa la inclusión. Y por eso seguimos en el mismo círculo vicioso, de seguir excluyendo a la gente que creemos que los demás no van a aceptar y después echarle la culpa a lo conservador de la sociedad que no nos deja dar pasos adelante.

¿Cómo llegamos hasta acá por los ladridos de un perro? Bueno, los ladridos de una perrita increíble y adorable pero con actitudes clasistas que sacó de su oscura historia cachorra y no de nuestro lenguaje corporal. Porque las dos historias pueden servir para demostrar que es probable que nosotros estemos actuando de una manera que permite que se eternicen los prejuicios, en lugar de hacer algo por cambiarlos.

¿Por ejemplo? Primero hay que ver si de verdad somos tan prejuiciosos. Greenwald y Banaji han desarrollado un test para descubrir prejuicios. Si se animan a tomarlo, aquí está la liga: Test de asociación implícita.  No les va a gustar el resultado, pero no le echen la culpa a esta mujer de nombre raro.

¿Qué otra cosa podríamos hacer para descubrir si somos prejuiciosos y para bajarle a esa discriminación? Hablando más con gente diferente. ¿Con cuánta gente completamente diferente a nosotros nos juntamos en un día? Yo tengo compañeros de trabajo que vienen de todo el Valle de México, pero platico más tiempo y más veces con los que viven en un radio no mayor a 4 kilómetros de mi casa. Ellos o sus papás (porque lo más diferente que tienen de mí es que son mucho más jóvenes) oyen la misma música que yo y tienen el mismo tipo de viajes y de educación que yo. Mis amigos del fin de semana son muy parecidos también, en ingresos, en gustos, en hobbies y en preocupaciones. ¿Cómo podría romper el prejuicio?

Así. ¿cómo podría dejar de sentarme de una manera diferente, de ponerme en actitud defensiva cuando viene hacia mí y hacia mi perro una persona que seguro huele diferente que yo?

Los dejo con un video de Rita cuando oye el nombre de su persona favorita. para que vean qué tan brava puede ser.

Los perros son perros ¿o no?

Sé de una experta en bebés humanos que aprovecha lo que ha aprendido al educar a su perro. Se llama Nancy Steinberg, es una tipaza y aquí cuenta por qué las conductas de un perro pueden servir para ilustrar lo que hace un niño.  Pero muchos creen que los perros son perros. Hasta que pasa algo como esto:

Rita, mi fantástica perra, está tratando de jugar con dos perras que son más intensas que ella y su amiga Uma juntas. La están mordiendo en el cuello y en las patas y si pudieran le pellizcarían las orejas. Se echa para que se calmen y no hay manera. Así que me voltea a ver con ojos de “ya estoy harta de que estas dos bestias me estén mordiendo” y se va a una esquina del parque, y se queda viéndome fíjamente. Igualito que como le hago yo. En las mañanas, cuando ya hay que irse, me voy a una esquina del parque, y por ese acuerdo que hay entre humanos y perros, Rita deja lo que está haciendo y me sigue. Ahora se supone que me tocaba a mí. No entendí el mensaje, le di la vuelta para salirle por otro lado y en ese momento desapareció.

Esperen. Aguanten la anécdota, porque después nos vamos a poner muy científicos y vamos a hablar de un Premio Nobel de Medicina y de algo de poesía.

Los perros son perros hasta que
Rita en Tapalpa, Jalisco

Afortunadamente, como saben todos los que tienen perro, cuando tienes uno, dejas de ser invisible. Los vecinos te saludan, te invitan a sus fiestas, se preocupan por ti y platican contigo en las mañanas. Y se preocupan si se pierde tu perro. Corrí como loco por todo el parque hasta que alguien me dijo que salió corriendo en dirección a mi casa.

Alcanzó a correr cuatro cuadras y alguien la detuvo cuando vio que no sabía cruzar una calle. Llegué con la lengua de fuera con un tipazo que le estaba hablando a Cristina, al teléfono que está grabado en el collar de Rita. Rita me vio con cara de “ya era hora”.

¿Cómo puedo hacer para que esta anécdota no parezca la típica historia aburrida que cuentan todos los dueños de mascotas? Porque yo creo que estoy documentando un gran momento en la etología, y ya me siento Konrad Lorenz, uno de los fundadores de esa materia que, por si no lo saben, es el estudio comparativo de la conducta.

Lorenz dedica páginas y páginas de su libro Cuando el hombre encontró al perro, a hablar de lo que hace su perrita cuando ve a un perro macho y cuando quiere jugar y cuando quiere imponer su autoridad y cuando está contenta y así sucesivamente. En fin, que habla de cómo se portan los perros y cómo definen reglas entre ellos y en su relación con sus amos.

Lorenz ganó el premio Nobel de fisiología o medicina en 1973, junto con Karl von Frisch y Nicolaas Tinbergen, “por sus descubrimientos acerca de la organización y la aparición de patrones de comportamiento social e individual”. A la mejor lo que vio en los perros también le ayudó a entender el comportamiento humano. En el comunicado del Comité del Nobel dice que “sus primeros descubrimientos se hicieron en insectos, peces y pájaros, pero los principios básicos también se han podido aplicar en mamíferos, incluso el hombre”.

Sí, basta de sorprenderse o indignarse con la experta que habla de bebés humanos tomando en cuenta lo que ha visto en su perro. Y sí, se puede aprender mucho de la experiencia de un perro que sale corriendo de una situación que no soporta y que no puede explicar con palabras.

Y ahí voy, otra vez, a citar a Mary Oliver, cuyo libro, Dog Songs, no puedo sacar de mi buró. Perdón por la traducción pero ahí va:

“Algunas cosas son irremediablemente salvajes, otras son imperturbablemente mansas. El tigre es salvaje y el coyote y el búho. Yo soy mansa, tú eres manso. Hay cosas salvajes que han sido alteradas, pero sólo para dar una apariencia de mansedumbre, no hay un cambio real. Pero el perro vive en los dos mundos. Ben (el perro de Mary Oliver) es devoto, odia la puerta que nos separa, tiene miedo de la separación. Pero ha tenido, por varios años, un perro amigo al que también le es leal. Cada día, ellos y otros más se juntan en una banda ruidosa y algunos de sus juegos son sangrientos. El perro es dócil y después lo olvida. El perro promete y después olvida. Hay voces que le llaman. Caras de lobo que aparecen en sus sueños. Se ve a sí mismo corriendo en extensiones de terrenos increíblemente exuberantes o estériles, lugares que ninguno de nosotros hemos visto”.

Perro en el bosque de Tapalpa.
¿Soñarán los perros con el bosque?

No dejen que se vaya ese perro

Uma es una perrita negra, con unos pelitos blancos que le aparecen a lo loco, despeinados. Aunque seguro hay alguna regla matemática que explica cómo es que los mechones forman patrones y que permite predecir dónde va a salir ese pelo blanco al principio de la pata izquierda. Porque dicen que la belleza en la naturaleza se puede explicar por una fórmula, la de Fibonacci.

Es chiquita, sin mucho chiste o así parece hasta que te saluda y juega con tu perro. Llega muy confiada, le acaricio el pelo suavecito y me apoya sus patitas y comparo con los alambres y las garras de mi Rita.

Rita y Uma juegan y juegan y juegan y juegan. Cada una agarra un palito por su lado, se revuelcan, corren y sacan la lengua. Creo que hasta se ponen de acuerdo para que una distraiga al perro nuevo y la otra le robe el juguete.

Cuando están corriendo ooootra vez, la dueña de Uma me avisa que la perrita se va a Guadalajara.

Llevo un mes viéndola 3 días a la semana a las 7 de la mañana, esperando que sí esté en el parque para que distraiga a mi perra y eso de que termine esta corta etapa me da tanta melancolía que quisiera ponerme a escribir otra vez esa canción vieja, “La última vez que vi París”, que me imagino es el tema de la película en la que sale Elizabeth Taylor, toda nostálgica.

Como todo está sincronizado, me encuentro con este verso: “¿No termina todo alguna vez y demasiado rápido?”. No puede ser, que una perrita negra, con pelos blancos despeinados, que he visto dos horas en total me sirva para acordarme de que no van a volver las mismas oscuras golondrinas que hicieron un nido en la casa de mis papás hace mil años y que tampoco va a volver el papá que me recitó a Bécquer cuando las vio.

Yo ya en el drama, y a la semana siguiente, Uma está de regreso. No se llevó bien con el otro perro con el que iba a vivir. Pero que se fuera me sirvió para descubrir a Mary Oliver, la autora del verso que les conté y de estos otros, que hablan precisamente de la pérdida de un perro:

Where goes he now, that dark little dog
Who used to come down the road barking and shinning?
He’s gone now, from the world of particulars,
the singular, the visible.

So, that deepest sting: sorrow. Still,
is he gone from us entirely, or is he
a part of that other world, everywhere?

Uma, que no se halló en Guadalajara.
Uma, que no se halló en Guadalajara.