Oigan peatones: ya supérenlo

— Un idiota me gritó horrible en la mañana, en el Starbucks.

— ¡No me digas! ¿Cómo? ¿En el drive thru?

— Sí, ¿en el drive thru, ¿Cómo crees que adentro? ¡Qué oso bajarme del coche! ¡Jamás! Ahí es como África. Iba yo feliz de que no había fila y que doy el volantazo para meterme. Y el idiota empieza a gritar y a decirme que casi lo atropello. Un ruco espantoso, nunca lo había visto en mi vida y no sé por qué me estaba dando lata. Se puso enfrente de la bocina y no me dejaba pedir mi frapuchino sin crema batida. Y yo con la prisa que traía.

— Increíble, pero ya te he dicho que qué horror que te metas a esas colonias. Seguro era un homeless.

— Ay sí, en la Condesa es difícil saber. Era un viejo todo fachoso, de short y una sudadera de esas que ya no saca Nike hace como 10 años. Puede ser un homeless o uno de los que viven por ahí, que les gusta caminar por esas banquetas todas mugrosas. Seguro ni se preocupan por la inseguridad, nadie les va a robar su Nokia, porque los que andan por la calle no han de traer ni iPhone 4. Salieron dos empleados del Starbucks a rescatarme y el viejo les grita que me le atravesé en la banqueta. ¿Quién camina? Ni que fuera Antara, ¡goey! Le ofrecieron un té chai, el pobre naco no ha de saber ni qué es eso. Les dijo que no, y todavía seguía enchinchando con que no entendía cómo yo no le pedía perdón y reconocía que le había echado el coche encima. ¡No manches! ¿Perdón de qué o qué? Que se espere si quiere caminar por su puta banquetita, que se cuide, ya no está para eso, se le van a lastimar las rodillas.

— Y total. ¿nunca se largó? ¡Qué pancho horrendo!

— Ay, se fue cuando le dije: “Ya supéralo”. Es increíble. ¿Por qué le voy a pedir perdón? ¿Pues qué? ¿La banqueta es suya? Ni que estuviéramos en Nueva York. 

Por qué los perros son clasistas

Este post también podría llamarse: yo sé lo que quieres antes que tú, porque se trata de lo prejuiciosos que somos todos y qué ganaríamos si lo reconociéramos y lo solucionáramos.

Rita vigila la calle
Los perros son clasistas cuando sus dueños se lo transmiten.

Estamos todos en santa paz y, de repente, Rita, nuestro perro, sale de abajo de la mesa ladrándole como una furia al indigente que llegó a pedir dinero. Toda la terraza, todo el restaurante, toda la Condesa nos volteaba a ver. Esta vez nadie nos ayudó con la justificación, pero ya nos ha pasado otras veces, que los perros le ladran al primer harapiento que ven y alguien sale con:

— Es que los perros son clasistas

— Algo han de notar, ha de ser a lo que huelen esas personas.

Y la clave está en que digamos “esas personas”. Qué chistoso que presumamos muy orgullosos que nuestro perro aprendió de nosotros a ser sociable, que gracias a nosotros está atlético y que por eso es tan bueno para jugar. Pero eso sí, a él solito le salió la idea de discriminar y de ladrarle a los pobres que se acercan a nuestra mesa, nuestra casa, nuestra banqueta, nuestro espacio.

Rita es como hijo en Harvard. Cada vez que hace algo que nos preocupa, le hablamos a un ejército de etólogos, encabezados por la maravillosa Nallely y el amable Gabriel, que siempre nos dicen que los perros adivinan nuestros gestos y nuestras intenciones. Que hacemos un gesto que significa “siéntate”, se sientan. Que hacemos la rutina para prepararnos a ir a dormir, se van a su cama, que sonamos las llaves y agarramos la bolsitas y se pegan en la puerta de salida.  Entienden primero los gestos que las órdenes habladas. Porque para los perros es más fácil leer nuestro lenguaje corporal que entender el español.

Todo eso nos han explicado. Pero cuando el perro le ladra al intruso, que en realidad sí nos molesta en el parque o en el restaurante, es porque el perro quién sabe qué traumas tendrá de cuando no vivía con nosotros. Qué horrible podría ser que el perro estuviera leyendo nuestros gestos y nuestro lenguaje corporal de que no nos laten los intrusos y que por eso se pusiera a ladrar como Donald Trump a los mexicanos y a las mujeres en su cuenta de Twitter.

Porque, según nosotros, no somos prejuiciosos. ¿Seguro? Porque aquí entra esta investigadora, de nombre impronunciable, Mahzarin Banaji, que ha demostrado que somos más prejuiciosos de lo que creemos.

Junto con Anthony Greenwald, Banaji escribió el libro Blind Spot, en el que habla de que los que somos gente buena como yo, tenemos muchos más prejuicios y actitudes discriminatorias de las que quisiéramos. Pueden saber más sobre ellos en esta reseña de The Washington Post.  O en esta entrevista que le hizo Krista Tippet.

Hace siglos, en una revista de negocios, llegamos el director de arte y yo a enseñarle en una hojita la propuesta de portada a nuestro jefe. Queríamos poner a Rosario Marín, una mujer nacida en la ciudad de México, entonces secretaria del Tesoro de Estados Unidos. El jefe agarró la hojita, la arrugó y nos la aventó, sí, nos la aventó a la cara. “Este tipo de gente no es la que quieren ver nuestros lectores en la portada”.

Nosotros, en lugar de ir corriendo a la Conapred o a la CNDH, recogimos la hojita del suelo y nos fuimos, con la cola entre las patas, a trabajar otra propuesta. La verdad es que la foto estaba horrenda, en el back tenía una planta como del patio de mi casa es particular y la tesorera estaba vestida y peinada como la tía Chayito de Celaya en graduación y no como la primera persona no nacida en Estados Unidos que ocupaba el puesto del que firma los dólares. Y el fotógrafo, que era un flojonazo, y al que habíamos mandado a Washington a tomar esa foto, no nos había dado una opción b para restregársela en la cara al jefe.

En lugar de hacer una revolución, le seguimos dando nuestro trabajo a esa publicación que, en teoría, sabía exactamente lo que su target quería ver. El target era de gente que quiere comprar Audis y contratar choferes, no de personas preocupadas por alguien que llegó a Estados Unidos a los 14 años, sin hablar inglés y ya ustedes se saben el resto de la historia de éxito, estilo gringa, de nuestra Rosario. Y si no se la saben, aquí la cuenta Forbes. Nuestro prejuicio, o el de la publicación, es que a estos señores que leen sobre negocios no les interesa la inclusión. Y por eso seguimos en el mismo círculo vicioso, de seguir excluyendo a la gente que creemos que los demás no van a aceptar y después echarle la culpa a lo conservador de la sociedad que no nos deja dar pasos adelante.

¿Cómo llegamos hasta acá por los ladridos de un perro? Bueno, los ladridos de una perrita increíble y adorable pero con actitudes clasistas que sacó de su oscura historia cachorra y no de nuestro lenguaje corporal. Porque las dos historias pueden servir para demostrar que es probable que nosotros estemos actuando de una manera que permite que se eternicen los prejuicios, en lugar de hacer algo por cambiarlos.

¿Por ejemplo? Primero hay que ver si de verdad somos tan prejuiciosos. Greenwald y Banaji han desarrollado un test para descubrir prejuicios. Si se animan a tomarlo, aquí está la liga: Test de asociación implícita.  No les va a gustar el resultado, pero no le echen la culpa a esta mujer de nombre raro.

¿Qué otra cosa podríamos hacer para descubrir si somos prejuiciosos y para bajarle a esa discriminación? Hablando más con gente diferente. ¿Con cuánta gente completamente diferente a nosotros nos juntamos en un día? Yo tengo compañeros de trabajo que vienen de todo el Valle de México, pero platico más tiempo y más veces con los que viven en un radio no mayor a 4 kilómetros de mi casa. Ellos o sus papás (porque lo más diferente que tienen de mí es que son mucho más jóvenes) oyen la misma música que yo y tienen el mismo tipo de viajes y de educación que yo. Mis amigos del fin de semana son muy parecidos también, en ingresos, en gustos, en hobbies y en preocupaciones. ¿Cómo podría romper el prejuicio?

Así. ¿cómo podría dejar de sentarme de una manera diferente, de ponerme en actitud defensiva cuando viene hacia mí y hacia mi perro una persona que seguro huele diferente que yo?

Los dejo con un video de Rita cuando oye el nombre de su persona favorita. para que vean qué tan brava puede ser.