Me equivoqué de cuento

Camino más rápido para alcanzarla. Sé que ella le va a dar otra vuelta al parque, así que voy en sentido contrario para volvérmela a topar. Quiero saludarla. Es una mañana algo fría, el sol se cuela entre las hojas de los liquidámbares, que tanto se parecen a las de la bandera de Canadá. Desde el temblor, me da más gusto reencontrarme a los vecinos.

Es una señora delgada, que sale a caminar, apoyada en unas muletas. Inclina la cabeza hacia adelante, un movimiento que le da elegancia a su pelo agarrado en cola de caballo. Aun desde lejos se adivina que huele a limpio, con sus pants de figuritas recién lavados.

Sujeto más corto la correa de Rita, para que no se detenga a olisquear las hojas de los truenos ni los troncos de los fresnos. Los encuentros casuales son una gran oportunidad.

Acelero más y me acuerdo de esa historia de un joven marino estadounidense. Tenía que entregar unos documentos y, en la sala de espera, se puso a platicar con un señor que andaba en sus 50. Años después, el joven empezó una carrera de periodista. Pasó más tiempo y el hombre con el que tuvo la plática casual lo citó en un estacionamiento, para contarle los secretos sobre Watergate, que llevarían a la renuncia del presidente Richard Nixon. El joven era  el periodista Bob Woodward y el hombre con el que habló pasaría a ser conocido como “Garganta Profunda”.

He conocido a muchos en el parque. No pensamos tumbar a un presidente, pero cuando menos nos juntamos para ver el futbol, jugar dominó o visitar la exposición de Caravaggio. Con los dueños de Tao, Uma, Obelix, Sofi, Tomasa, Peltre, Oli, Martina o Zeus hablamos de las ocurrencias de nuestros perros y de la salud de nuestros trabajos y nuestras familias; del cine de Fellini, las clases de arte, la economía del comportamiento y los tipos de árboles.

“Córrele Rita, vamos a saludar”, le digo a mi perra. Por fin, nos volvemos a topar.

— Buenos días, señora. Hace rato la saludé, pero seguro no me vio.

— No soy Caperucita Roja para andar saludando a todos en el parque.

— …

Trato de cerrar la boca. Empiezo a dar otra vuelta al parque y la dueña de Tara me saluda. Una vuelta más y nos vamos.

Oigan peatones: ya supérenlo

— Un idiota me gritó horrible en la mañana, en el Starbucks.

— ¡No me digas! ¿Cómo? ¿En el drive thru?

— Sí, ¿en el drive thru, ¿Cómo crees que adentro? ¡Qué oso bajarme del coche! ¡Jamás! Ahí es como África. Iba yo feliz de que no había fila y que doy el volantazo para meterme. Y el idiota empieza a gritar y a decirme que casi lo atropello. Un ruco espantoso, nunca lo había visto en mi vida y no sé por qué me estaba dando lata. Se puso enfrente de la bocina y no me dejaba pedir mi frapuchino sin crema batida. Y yo con la prisa que traía.

— Increíble, pero ya te he dicho que qué horror que te metas a esas colonias. Seguro era un homeless.

— Ay sí, en la Condesa es difícil saber. Era un viejo todo fachoso, de short y una sudadera de esas que ya no saca Nike hace como 10 años. Puede ser un homeless o uno de los que viven por ahí, que les gusta caminar por esas banquetas todas mugrosas. Seguro ni se preocupan por la inseguridad, nadie les va a robar su Nokia, porque los que andan por la calle no han de traer ni iPhone 4. Salieron dos empleados del Starbucks a rescatarme y el viejo les grita que me le atravesé en la banqueta. ¿Quién camina? Ni que fuera Antara, ¡goey! Le ofrecieron un té chai, el pobre naco no ha de saber ni qué es eso. Les dijo que no, y todavía seguía enchinchando con que no entendía cómo yo no le pedía perdón y reconocía que le había echado el coche encima. ¡No manches! ¿Perdón de qué o qué? Que se espere si quiere caminar por su puta banquetita, que se cuide, ya no está para eso, se le van a lastimar las rodillas.

— Y total. ¿nunca se largó? ¡Qué pancho horrendo!

— Ay, se fue cuando le dije: “Ya supéralo”. Es increíble. ¿Por qué le voy a pedir perdón? ¿Pues qué? ¿La banqueta es suya? Ni que estuviéramos en Nueva York.