¿Estamos condenados a ser superficiales?

Fábula del cisne y del búho o qué tan profundos podemos ser en la era de internet.

El cisne se levantó temprano, metió sus patas en los tenis de nueva generación y corrió al gimnasio tirando caquitas en el camino.

Antes de empezar la rutina del día -le tocó hacer ala- vio en el espejo sus fuertes muslos. Subió y bajó las alas, combinando el ejercicio con unos saltitos. Al terminar, se bañó en el azul de la fuente, metió su pico en su engañoso plumaje y se comió una semilla que le había caído en el fuerte pecho, y que le sirvió de desayuno gracias al contenido de nutrientes necesario para mantener su brillo.

Camino a su trabajo se tomó dos selfies y las subió a instagram. Cuando estaba por tomarse la tercera, vio en la pantalla de su iPhone, del modelo más reciente, unas manos que se le acercaban al cuello para torcerlo.

— ¿Qué pasa? ¿Qué quieres? ¿Quién eres? Graznó con una nota blanca en su voz, al mismo tiempo que volteaba con gracia.
— ¡Muere! Nos has engañado a todos. No sientes el alma de las cosas.
— Ay, otra vez ese poeta tapatío. Yo creía que el olvido se había encargado de él, con sus llamados al odio y a torcernos el cuello. Somos de lo más necesario. Vete de aquí, que ya voy tarde para decirle al búho las tareas de hoy.
–¿Cómo? ¿Trabajas con el búho? Lo siento, no sabía que las cosas habían cambiado tanto.
–“Lo siento, lo siento”. No sé cómo no te denuncio por odiar intensamente mi vida.

El cisne llegó a su agencia “La voz del paisaje”.
Ahí estaban otros cisnes, alimentando las redes sociales. Una subía a instagram las fotos de su último viaje por Central Park, en donde había combinado “perfecto”* una bolsa para semillas de flor de calabaza, diseñada por Yves Swan Laurent, con tenis de la tienda de fast fashion Uniglogloglo. Otra estaba mandando a la red del pajarito sus comentarios sobre la alfombra roja de la tarde. Todos los mensajes estaban en una forma y en un lenguaje que no iban acordes con el ritmo latente de la vida profunda.

Y en el fondo de la oficina, el búho, con su inquieta pupila, se esforzaba por interpretar el misterioso libro del silencio nocturno.

— Deja ya eso, le graznó el cisne. Ya no estás en el regazo de Palas. ¿Para qué quieres ser profundo si eso no nos va a dar likes?
— ¡Es eso, Cisne! Por fin entiendo por qué estoy incómodo en este puesto.
— Pues tiende tus alas, si quieres, y posa en aquel árbol tu vuelo taciturno.

El sapiente búho se fue. Dejó al cisne y la búsqueda obsesiva de los likes y la “curaduría” de lo que sea que aparezca en google. Se fue a saciar a fondo su curiosidad sobre la vida. Y desde entonces se esfuerza para que la vida comprenda su homenaje.

El cisne se quedó paseando su gracia, no más.

*No puedo resistir esta aclaración. Esos cisnes de la agencia “La voz del paisaje” nunca, jamás, se molestaron por entender que no se dice: “combinó perfecto”, o “me queda perfecto”. Para modificar al verbo se necesita un adverbio. Lo correcto es decir “perfectamente”. Bueno, a menos que no quieras hablar correcto, es decir, correctamente.

Cuidado con lo que dices, porque te lo vas a creer

Donde hubo un pantano, ahora hay un ordenado parque rodeado de museos con lo mejor del arte, la ciencia y la tecnología. Así es la capital de Estados Unidos, que está hecha como una lección de historia: Miren, ciudadanos, miren, pueblos del mundo, esto es en lo que creemos y lo que vamos a defender. El monumento a Lincoln, con el enorme presidente sentado, cita el discurso de su segunda toma de posesión: “con altas esperanzas en el futuro, ninguna predicción es demasiado aventurada”. El edificio del archivo nacional, donde se guardan la Constitución y la declaración de la independencia, tiene dos grandes letreros en sus lados, que dicen que ahí están los registros de la vida nacional, lo que  “simboliza nuestra fe en la permanencia de nuestras instituciones nacionales” y que ahí se custodian “los lazos que atan las vidas de nuestro pueblo en una unión indisoluble”.

Ah, los gringos, ¡cómo les gusta creer en lo que decretan! Fastforward a los símbolos de las instituciones en México, en especial, el edificio de la Suprema Corte de Justicia. La justicia no es algo que exista por sí mismo, es algo que funciona porque una sociedad cree en ella, tal como nos enseñaron la Revolución Francesa y la Independencia de Estados Unidos. Pero nosotros, los mexicanos, no creemos en la justicia. De manera que los “contenidos”, es decir lo que se puede leer y ver en las paredes del edificio de la Suprema Corte, solo dicen, con gran cinismo, que la justicia en nuestro país no funciona.

Cauduro en la Suprema Corte de Justicia
Había puesto esta foto como imagen destacada pero después se me hizo muy repelente. ¿Será que esto es lo que debe adornar las paredes del lugar donde se supone se administra la justicia?

En lugar de ver una representación de la justicia que ilumina el mundo, en los murales de la Suprema Corte vemos abogados corruptos, hombres secuestrados, mujeres violadas, gente triste encarcelada, policías represores, expedientes olvidados. Parece que el mensaje es este: “sí, ya sabemos que estamos mal, lo reconocemos y lo ponemos en las paredes de la sede de la mismísima institución que debería evitar las injusticias”. O con más precisión: “Ni se quejen, ya sabemos que no hay justicia, por eso le pagamos a este artista, para hacer como que estamos del lado de la víctima en lugar de hacer nuestro trabajo, que es aspirar a mejorar”. En especial los murales de Cauduro, que son como un escupitajo en la cara de las instituciones de justicia mexicana, podrían ser una representación de la leyenda en la puerta del infierno, según la versión de Dante: “Abandona la esperanza si entras aquí”.