Creo que mi perro me secuestró

“Estaba deprimido, pero mi perro no me dejaba darme cuenta”, me contó un amigo el otro día.
¿Cómo? Entonces ¿Los perros no curan la depresión?

Porque llegas todas las noches cansado del trabajo… y el perro está ahí para moverte la cola.
Llegas el martes, cansado del trabajo y de los gritos del jefe, y el perro te mueve la cola.
El miércoles, el jueves, el viernes: El trabajo está cada vez peor y el perro te mueve la cola.

El lunes… te despiden del trabajo. Llegas más temprano. Y el perro te mueve la cola.

En las mañanas paseas al perro. Y todos los días prefieres hablar del perro que estar aburriendo a la gente con lo que crees que está pasando en tu trabajo o con lo que crees que pasó y por qué ahora ya no tienes el trabajo que tenías. Entonces, las pláticas van así:

Perro en casa
Rita cuando se entera de que voy a trabajar a una oficina.

Día uno. Hoy el perro jugó con Tao.
Día dos. Hoy el perro no quiso caminar por la grava.
Día tres. Hoy el perro regresó enlodado.
Día cuatro. Hoy el perro se peleó con otro.

Hay algunas variaciones:
Día x. Hay un perro nuevo en el parque, le pusimos Lindbergh, porque así se llama el foro. Es como el perro del barrio.
Día x. Por cierto, leí el libro de What is a Dog y parece que los perros no vienen directo de los lobos.
Día x. Con permiso, mejor voy a jugar con mi perro, deberías ver qué chistoso hace las orejas para atrás cuando lo persigues.

La cosa se pone peor.
Hoy no voy al gimnasio porque el perro se quedaría solo toda la tarde.
Aproveché que llevé al perro a que le cortaran el pelo para ir a tomar un café.
No puedo ir a tomar café con mi amiga porque ya es hora de que el perro coma.

Pero es que el perro te pone una sonrisa en la cara, cuando te mueve la cola o te acerca un juguete o te dice Let’s go, como los perros de los poemas de Mary Oliver. Y cuando sonríes, crees que no estás deprimido.

A la mejor, el perro te podría ayudar a que te diagnosticaran la depresión. Porque todas estas situaciones podrían ser síntomas:
No hay nada más divertido que el perro.
Con él no hay conflictos, o los conflictos se resuelven pronto: me ladra cuando vamos de regreso a la casa y yo lo ignoro un ratito hasta que se calma y seguimos tan amigos como siempre.
Buscar clientes me estresa, mejor me quedo con el perro.
No sé qué proponerle al cliente, tal vez jugar con el perro me ayude.
No me voy a poner traje hoy porque se me va a ensuciar, mejor sigo de shorts y chanclas.

Me encontré una serie de preguntas para saber si uno está deprimido y creo que le puedo poner palomita a muchas de ellas:

  • ¿Evitas ver a tus amigos o a tu familia? (sí, porque si no, ¿a qué horas paseo al perro?)
  • ¿Has dejado de realizar actividades que te gustan, como practicar deportes, ir al cine o salir a cenar? (obviamente: ni modo que deje de ver a mi perro en el parque por jugar basquet o ¿hay cines pet friendly?)
  • ¿Has dejado de cuidarte a ti mismo, no comiendo adecuadamente o descuidando tu higiene personal? (No tanto como dejar de comer, pero ¿para qué me baño y me arreglo si bastan los shorts para ir a pasear al perro?)
  • ¿Has dejado de esforzarte por hacer las cosas bien en la escuela o el trabajo? (es que no tengo tiempo, hay que pasearlo)
  • ¿Has perdido el interés en tu relación? (es que con mi perro no hay discusiones)

Y así sucesivamente.

El perro me está distrayendo. Y me está ayudando a escapar y evitar los problemas. “La conducta depresiva con frecuencia está relacionada con escapar y evitar”, dice Richard Wiseman en el libro As If Principle, de donde vienen las preguntas del párrafo anterior. “Cuando algunas personas se topan con un evento negativo, como ser despedidos o la ruptura de una relación, se alejan del mundo para evitar más dolor en el futuro. Ese alejamiento puede tomar muchas formas, incluidas pasar mucho tiempo en la cama, evitar los amigos, comer para tranquilizarse o tomar mucho”. O estar con un perro, que te distrae, no te contradice demasiado y te acompaña a donde digas.

Bueno, el perro hace que me levante de la cama y hasta me ha presentado a nuevos amigos. Gracias a mi perro me di cuenta de que la dueña de Zeus canta padrísimo, los de Obelix son unos tipazos y de que  la dueña de Uma hace mucho que no va al parque. Esas pequeñas distracciones son las que me hacen sospechar que me tiene secuestrado. Prefiero jugar con él que escribir un texto sobre la reforma fiscal.

Por cierto, para seguir con mi tema de conversación, hoy llevé al perro a que aprendiera nuevos trucos. Dicen que eso los motiva y los agota tanto como correr en el bosque. Me imagino que mientras aprenden o corren y brincan en el bosque están en un estado de flow, ese que se da cuando no pensamos en otra cosa más que en lo que estamos haciendo y nos sentimos realizados. Lo dice el psicólogo de nombre impronunciable Mihaly Csikzenthmihalyi, aunque ya lo había dicho muchísimo antes el filósofo y matemático Pascal:

“El único bien de los hombres consiste en que se les divierta de pensar en su condición, bien por medio de una ocupación que les aleje de ese pensamiento, bien por algún sentimiento agradable y nuevo que les ocupe o por el juego… y por eso que llamamos diversión”.


A la mejor mi perro sí me tiene secuestrado: me está dando la ilusión de felicidad y un pretexto para no enfrentar los conflictos. Me da un lugar cómodo para estar, con ella recargada en mí, y con eso dejo de enfrentarme al futuro.

Otra vez lo que dice Wiseman: La persona deprimida puede tratar de evitar pensar en eventos futuros. “Y en lugar de eso, por ejemplo, se queda rumiando el pasado (si tan solo las cosas hubieran sido diferentes) o  viendo telenovelas o programas de concursos en la televisión” y lo vuelvo a añadir yo: viendo cómo el perro interactúa con otros y cómo duerme o cómo come.  O sea, me da un lugar cómodo para estar rumiando y hacer dramas.

Y ahora, a la mejor sin quererlo me topé con algo. Que mi perro, AKA Rita, también me está enseñando cómo podría salir de esa catatonía en la que me estoy metiendo. ¿Qué tal si le copio y salgo a los juegos que nos ponemos los humanos, o sea, las juntas en oficinas, los cafés, el trabajo, una escuela o un curso…, para aprender nuevas cosas?

Porque sí, a la mejor estoy sonriendo porque paseo a mi perro, pero al mismo tiempo estoy en shorts todo el día, casi como el Dude de The Big Lebowski. Es que tengo que andar así para poder pasear al perro en cuanto sea necesario y siempre es necesario, porque es más divertido eso que esforzarme por buscar clientes o nuevos trabajos.

Dicen los psicólogos que lo contrario de depresión no es alegría, sino vitalidad. Y sí, Rita me ha hecho sonreír mucho pero también me ha puesto el escenario para que no salga a enfrentarme el mundo. Ya saben, bajo el eslogan del deprimido: “Mientras más conozco a la gente, más quiero a mi perro”.

Pero basta de acusar a Rita. Ahora, con su ejemplo, cuando se sube a los juegos a la voz de “sube” o brinca un obstáculo a la voz de “brinca” me está diciendo que está bien, que es hora de que yo también salga a la calle, con mis amigos, o con nuevos compañeros de trabajo, a aprender nuevos trucos. Veredicto: el perro no me tiene secuestrado, porque me está enseñando por dónde está la salida.

Y hasta aquí llego, porque es hora de pasear al perro… después de que fui a trabajar toda la tarde acompañado de otros seres humanos.

Los perros son perros ¿o no?

Sé de una experta en bebés humanos que aprovecha lo que ha aprendido al educar a su perro. Se llama Nancy Steinberg, es una tipaza y aquí cuenta por qué las conductas de un perro pueden servir para ilustrar lo que hace un niño.  Pero muchos creen que los perros son perros. Hasta que pasa algo como esto:

Rita, mi fantástica perra, está tratando de jugar con dos perras que son más intensas que ella y su amiga Uma juntas. La están mordiendo en el cuello y en las patas y si pudieran le pellizcarían las orejas. Se echa para que se calmen y no hay manera. Así que me voltea a ver con ojos de “ya estoy harta de que estas dos bestias me estén mordiendo” y se va a una esquina del parque, y se queda viéndome fíjamente. Igualito que como le hago yo. En las mañanas, cuando ya hay que irse, me voy a una esquina del parque, y por ese acuerdo que hay entre humanos y perros, Rita deja lo que está haciendo y me sigue. Ahora se supone que me tocaba a mí. No entendí el mensaje, le di la vuelta para salirle por otro lado y en ese momento desapareció.

Esperen. Aguanten la anécdota, porque después nos vamos a poner muy científicos y vamos a hablar de un Premio Nobel de Medicina y de algo de poesía.

Los perros son perros hasta que
Rita en Tapalpa, Jalisco

Afortunadamente, como saben todos los que tienen perro, cuando tienes uno, dejas de ser invisible. Los vecinos te saludan, te invitan a sus fiestas, se preocupan por ti y platican contigo en las mañanas. Y se preocupan si se pierde tu perro. Corrí como loco por todo el parque hasta que alguien me dijo que salió corriendo en dirección a mi casa.

Alcanzó a correr cuatro cuadras y alguien la detuvo cuando vio que no sabía cruzar una calle. Llegué con la lengua de fuera con un tipazo que le estaba hablando a Cristina, al teléfono que está grabado en el collar de Rita. Rita me vio con cara de “ya era hora”.

¿Cómo puedo hacer para que esta anécdota no parezca la típica historia aburrida que cuentan todos los dueños de mascotas? Porque yo creo que estoy documentando un gran momento en la etología, y ya me siento Konrad Lorenz, uno de los fundadores de esa materia que, por si no lo saben, es el estudio comparativo de la conducta.

Lorenz dedica páginas y páginas de su libro Cuando el hombre encontró al perro, a hablar de lo que hace su perrita cuando ve a un perro macho y cuando quiere jugar y cuando quiere imponer su autoridad y cuando está contenta y así sucesivamente. En fin, que habla de cómo se portan los perros y cómo definen reglas entre ellos y en su relación con sus amos.

Lorenz ganó el premio Nobel de fisiología o medicina en 1973, junto con Karl von Frisch y Nicolaas Tinbergen, “por sus descubrimientos acerca de la organización y la aparición de patrones de comportamiento social e individual”. A la mejor lo que vio en los perros también le ayudó a entender el comportamiento humano. En el comunicado del Comité del Nobel dice que “sus primeros descubrimientos se hicieron en insectos, peces y pájaros, pero los principios básicos también se han podido aplicar en mamíferos, incluso el hombre”.

Sí, basta de sorprenderse o indignarse con la experta que habla de bebés humanos tomando en cuenta lo que ha visto en su perro. Y sí, se puede aprender mucho de la experiencia de un perro que sale corriendo de una situación que no soporta y que no puede explicar con palabras.

Y ahí voy, otra vez, a citar a Mary Oliver, cuyo libro, Dog Songs, no puedo sacar de mi buró. Perdón por la traducción pero ahí va:

“Algunas cosas son irremediablemente salvajes, otras son imperturbablemente mansas. El tigre es salvaje y el coyote y el búho. Yo soy mansa, tú eres manso. Hay cosas salvajes que han sido alteradas, pero sólo para dar una apariencia de mansedumbre, no hay un cambio real. Pero el perro vive en los dos mundos. Ben (el perro de Mary Oliver) es devoto, odia la puerta que nos separa, tiene miedo de la separación. Pero ha tenido, por varios años, un perro amigo al que también le es leal. Cada día, ellos y otros más se juntan en una banda ruidosa y algunos de sus juegos son sangrientos. El perro es dócil y después lo olvida. El perro promete y después olvida. Hay voces que le llaman. Caras de lobo que aparecen en sus sueños. Se ve a sí mismo corriendo en extensiones de terrenos increíblemente exuberantes o estériles, lugares que ninguno de nosotros hemos visto”.

Perro en el bosque de Tapalpa.
¿Soñarán los perros con el bosque?